El tema central de la liturgia de este domingo es la forma en que Dios nos ve y, consecuentemente, cómo Él dirige nuestros caminos y nos orienta en busca de la salvación. Dios está siempre presente acompañando a la humanidad y se manifiesta, siempre, de forma amorosa; Jesús es su enviado especial, cuya acción revela el rostro misericordioso y compasivo del Padre. Se añade, además, el carácter gratuito del amor del Padre, que sacrificó a su Hijo en favor de la salvación de toda la humanidad.
El Evangelio de Mateo 9,36-10,8 nos presenta a Jesús, quien se compadece al ver a las multitudes cansadas y desorientadas, como ovejas sin pastor. Ante esta situación, Él elige a los discípulos, los nombra uno a uno y los envía a continuar su misión por el mundo. De este modo, les ordena que curen a los enfermos, resuciten a los muertos y expulsen a los demonios, combatiendo todo el mal que asolaba a la humanidad. Finalizó diciendo: “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis”.
En primer lugar, vale destacar que Mateo se dirigía a una comunidad desanimada y sin esperanza: eran cristianos venidos del judaísmo y con un liderazgo débil. La tarea de los discípulos es justamente anunciar que Dios tiene un plan de salvación para que Israel recupere la esperanza y se conduzca hacia pastos donde hay vida y esperanza de salvación.
A partir de este texto podemos hacer diversas reflexiones, pero el trasfondo del mensaje es la sensibilidad de Jesús ante el sufrimiento humano. Su compasión por el pueblo, que no se queda solo en el mundo de las ideas ni en la superficie de un sentimiento compasivo, lleva a una acción concreta para liberar al pueblo del desánimo, de la esclavitud y de las injusticias impuestas por los grupos opresores y violentos de la sociedad de la época. Ante esto, Jesús se sensibiliza y, a través de toda su trayectoria, actúa con compasión, constituyéndose en un modelo concreto a seguir por sus discípulos. La compasión vivida por Jesús es profunda, pues moviliza sentimientos de justicia, paz y solidaridad que rescatan la dignidad humana; por lo tanto, tiene un carácter expansivo, siendo capaz de contagiar a quienes están a su alrededor. Los doce discípulos creyeron en la propuesta de salvación de Jesús porque fueron testigos del bien que Él hacía, dejándose tocar por todo aquello que presenciaban.
El texto hace mención a la urgencia de la mies, que era mucha, de ahí la necesidad del envío de los discípulos quienes, habiendo adherido a la propuesta de Jesús, debían dar continuidad a su misión. Primero saldrían anunciando la buena nueva al pueblo de Israel para, seguidamente, expandir el anuncio más allá del territorio de Palestina.
La misión de los discípulos no se restringía simplemente a pronunciar discursos: Jesús les ordenó que actuaran concretamente, curando a los enfermos, expulsando a los demonios y resucitando a los muertos. En otras palabras, debían actuar liberando a las personas del pecado que las aprisionaba y les causaba muchas formas de sufrimiento. Se añade, además, la urgencia de poner fin a las situaciones de violencia y opresión presentes en la sociedad de la época.
Al traer este mensaje a la actualidad y a nuestro cotidiano, podemos reflexionar sobre nuestra misión como seguidores de Jesús. ¿Tenemos compasión ante el sufrimiento ajeno y actuamos con el fin de intentar transformar esa condición? ¿Contribuimos a la construcción de una sociedad más justa y menos violenta, de manera que se garantice una vida digna a los marginados y oprimidos? ¿A través de nuestras acciones anunciamos el Reino de Dios con alegría y esperanza?
Es importante señalar que Mateo hace un llamado a la gratuidad de nuestra misión: hacer de la propia vida un don gratuito al Reino, sin esperar dividendos personales.
La primera lectura, Éx 19,2-6a, nos habla de la alianza de Dios con el pueblo de Israel. Recuerda la liberación del cautiverio en Egipto y propone un caminar conjunto, debiendo Israel honrar la alianza con Yahvé y, de este modo, convertirse en el pueblo elegido y en una nación santa.
Este pasaje evidencia, una vez más, la iniciativa de Dios de colocarse en nuestra vida ofreciendo su auxilio. Nos corresponde a nosotros la adhesión a Él. Además, el texto trae un detalle muy importante sobre el carácter de la alianza propuesta por Yahvé: en la medida en que aceptamos ser el pueblo santo y elegido por Él, asumimos el compromiso de transformación de nuestras vidas. Lo que podría parecer un privilegio es, en realidad, una responsabilidad que debe ser asumida: colocarse al servicio de Dios, ser un signo vivo de Dios en el mundo.
En la segunda lectura, Romanos 5,6-11, Pablo nos habla del amor incondicional de Dios por nosotros: Él nos ama aun siendo nosotros pecadores. La gratuidad del amor de Dios viene a revertir totalmente la lógica humana en su forma de pensar y de ser. Esta cualidad del amor divino viene a complementar el mensaje del evangelio de Mateo sobre la compasión y la misericordia de Jesús para con la humanidad. Al leer el texto de Pablo, podemos percibir cuán grande es su admiración por la forma en que Dios se relaciona con la humanidad y le ofrece la salvación. Si nos dejamos tocar por el mensaje de Pablo, tendremos la oportunidad de ir transformando, paulatinamente, nuestro interior y el mundo a nuestro alrededor.
Nosotros, como seguidores de Jesús, no podemos, por miedo, distanciarnos del mundo y de nuestros hermanos. Sigamos “contagiados” por la compasión y la misericordia de Jesús, abandonando la estrechez de nuestros caminos y descendiendo al corazón de la realidad para transformarla y ser transformados por ella. En palabras de Santa María Eugenia: “Es necesario sentir el peso de la tierra y marcar nuestro paso”.
Sandra Yazaki



