Introducción
La liturgia de hoy celebra la fiesta de dos grandes apóstoles: Pedro, a quien Jesús le confió la misión de confirmar a sus hermanos y hermanas, y Pablo, el gran animador de comunidades.
Pablo, natural de Tarso (aunque ciudadano romano), perseguía a los que se confesaban cristianos. El Señor lo llamó cuando caminaba hacia Damasco, donde se convirtió al cristianismo. En la prisión, presintió su final. En el texto de la Segunda Carta a Timoteo, según la lectura de la liturgia de hoy, deja su testamento: “Combatí el buen combate, completé la carrera, guardé la fe…” Y termina alabando al Señor: “¡A Él la gloria por los siglos de los siglos! ¡Amén!” Tenía la claridad de haber cumplido la misión que recibió del Señor.
Cuando Jesús pregunta quién es Él, Pedro confiesa: “¡Vos sos el Cristo, el Hijo de Dios vivo!” Sin embargo, la ideología dominante de la época hacía que Pedro pensara en un Mesías glorioso. Jesús, entonces, interviene ante el planteo de Pedro: “Es necesario que el Mesías sufra y sea muerto en Jerusalén”. Con la afirmación “es necesario”, Jesús deja en claro que el sufrimiento ya estaba previsto en las profecías (Is 53, 2-8).
Pedro no acepta la corrección de Jesús e intenta convencerlo de lo contrario. Jesús, por su parte, le da una respuesta sorprendente: “¡Aléjate de mí, Satanás! Vos sos una piedra de tropiezo, porque no pensáis como Dios”. Jesús es quien marca el rumbo y sostiene el ritmo; Pedro debe seguir los pasos del Maestro.
En los tiempos de Mateo, algunos líderes de las comunidades querían adelantársele a Jesús, sembrando el olvido sobre las enseñanzas que havían recibido del Maestro, justamente aquello para lo que foram elegidos. Celebrar la fiesta de Pedro y Pablo nos ayuda a reconocer el testimonio de fe, de coraje y de total entrega al servicio de la evangelización.
La Iglesia, en el día de hoy, conmemora el Día del Papa, sucesor de Pedro, que continúa la misión de gobernar la Iglesia y hacer revivir el espíritu misionero que Pablo dejó como legado. Recemos por nuestro Papa León XIV, para que sea un animador de la Doctrina Social de la Iglesia en todos los sectores de la evangelización, ayudándonos a poner en práctica el proyecto de Jesús para el mundo.
Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles (Hch 12, 1-11)
La lectura de hoy nos relata un poco de las dificultades que enfrentaron los apóstoles a causa del compromiso que asumieron con la enseñanza recibida de Jesús. Las autoridades mandaron a arrestar a Pedro, líder del grupo, y asesinaron a Santiago, el hermano de Juan.
Este episodio muestra el punto máximo y el final de la misión de Pedro en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Frente a esto, la comunidad da testimonio del poder de la fe y de la oración.
Incluso ante las persecuciones, se puede seguir caminando bajo las orientaciones del Maestro de Nazaret. ¡Él tiene palabras de “Vida eterna”! Los primeros cristianos encontraron fuerza y coraje en las enseñanzas que recibieron durante el tiempo que compartieron con Jesús.
Segunda Lectura: Segunda Carta a Timoteo (2Tm 4, 6-8. 16-18)
Es un hermoso discurso que nace de la experiencia de vida del apóstolo Pablo. Él confirma que “combatió el buen combate y mantuvo la fe”, a pesar de enfrentar los desafíos, las persecuciones y las amenazas de muerte. Con total certeza, Pablo propagó la fe en Jesús Cristo.
La misión que le fue confiada aparece en sus propias palabras cuando dice: “Combatí el buen combate, guardé la fe”. La forma de ser del apóstol alienta a la comunidad a la práctica del “buen combate”, que defiende la justicia y el derecho.
Pablo se convirtió en una verdadera columna de sostén para la vida de las primeras comunidades cristianas, fundamentadas en la Palabra de Deus. Apasionado por Jesucristo, su fidelidad a las enseñanzas lo mantuvo firme hasta el martirio. Él es el “Apóstol de los gentiles y de los paganos”.
En los Hechos de los Apóstoles encontramos referencias y reflexiones importantes sobre la vida de las primeras comunidades cristianas fundadas por Pablo, este gran misionero de nuestro Señor Jesucristo.
Evangelio según San Mateo (Mt 16, 13-19)
“Al llegar a la región de Cesarea de Filipo”, Jesús les preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?” Pedro, el animador de la comunidad, responde con firmeza a la pregunta de Jesús: “¡Vos sos el Mesías, el Hijo de Dios vivo!”
A partir de la profesión de fe de Simón Pedro, Jesús lo confirma en la misión de liderar a los demás apóstoles y de ser la roca para la edificación de la Iglesia: “Por eso yo te digo que vos sos Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…”
Con estas palabras de Jesús a Pedro, las comunidades que sufrían y eran perseguidas en Siria y en Palestina —y que veían en Pedro al líder que as había distinguido en el origen— se sienten reconfortadas y animadas. Aunque eran débiles y perseguidas en aquella época, cultivaban una relación afectiva con quienes habían fundado sus comunidades.
Las comunidades de Siria y de Palestina tenían un vínculo estrecho con la persona de Pedro; las de Grecia, con la persona de Pablo. Algunas comunidades de Asia tenían relación con la persona del Discípulo Amado y otras con la persona de Juan del Apocalipsis. Identificarse con estos líderes de sus orígenes las ayudaba a cultivar mejor su identidad y su espiritualidad.
Pedro, al principio, se imaginaba a Jesús como un héroe sin sufrimientos. Pero Jesús le llama la atención diciéndole: “¡Vos no pensás las cosas de Dios, sino las de los hombres!” (Mt 16, 23). Acá vemos el lado débil de Pedro. Con el tiempo, él se convierte y empieza a actuar de acuerdo con la enseñanza de Jesús, al punto de elegir ser crucificado cabeza abajo para reparar la negación que hizo de Jesús cuando Este fue condenado y clavado en la cruz. En su radicalidad, Pedro elige un modo penitencial que pueda compensar su negación.
Ser piedra como fundamento de la fe evoca la palabra de Dios al pueblo en el exilio de Babilonia: “Escuchen lo que digo, ustedes que buscan la justicia, que buscan al Señor. Miren bien la roca de donde fueron sacados, reparen en la cantera de donde fueron cortados. ¡Miren a Abraham, su padre, y también a Sara, que los dio a luz! Él estaba solo cuando lo llamé, pero cuando lo bendije, lo multipliqué” (Is 51, 1-2). Aplicada a Pedro, esta realidad de piedra-fundamento indica un nuevo comienzo para el pueblo de Dios.
Para reflexionar:
- ¿La pregunta de Jesús está dirigida también a nosotros hoy?
- ¿Dónde me encuentro: en la pregunta de Jesús o en la respuesta de Pedro?
Hermana Maria Teixeira Filho



