De la semilla al fruto: El camino de la fe

La liturgia de este Decimo Quinto Domingo del Tiempo Ordinario nos presenta la Parábola del Sembrador, una de las más conocidas de Jesús. En ella, el foco no está solo en la semilla, sino principalmente en el tipo de suelo que la recibe. La semilla siempre es buena: representa la Palabra de Dios. Lo que cambia es el corazón de quien la acoge.

La semilla que cae al borde del camino: Es la persona que escucha la Palabra, pero no la comprende ni le presta atención. Las preocupaciones, distracciones y la falta de apertura hacen que desaparezca rápidamente. ¿Cuántas veces escuchamos un consejo, participamos en la misa, en una reunión o en un momento de oración, pero luego volvemos a las prisas y nos olvidamos de todo? La Palabra no echa raíces porque nuestro corazón está cerrado o distraído.

La semilla en terreno pedregoso: Representa a quien acoge la Palabra con entusiasmo, pero desiste ante las dificultades. Es cuando empezamos un proyecto, un propósito de oración, un compromiso con la familia o con el trabajo, pero abandonamos todo ante la primera crítica, la primera decepción o el primer obstáculo. La perseverancia es lo que hace madurar la fe.

La semilla entre espinos: Los espinos simbolizan las preocupaciones, la búsqueda excesiva de bienes materiales y todo aquello que ocupa el lugar de Dios. El exceso de trabajo, el uso constante del celular, la ansiedad, la preocupación por el dinero, el deseo de reconocimiento o éxito pueden asfixiar nuestra vida espiritual. No son necesariamente cosas malas, pero se vuelven peligrosas cuando empiezan a controlar nuestra vida.

La semilla en tierra buena: Es el corazón que escucha, comprende y pone la Palabra en práctica. Por eso produce frutos. Tierra buena es quien vive la paciencia, perdona, educa a los hijos con amor, trabaja con honestidad, acoge a quien sufre y permanece fiel incluso en las dificultades. Los frutos aparecen en gestos sencillos de amor, justicia y servicio.

Jesús nos invita a mirar menos a los demás y más a nosotros mismos. En diferentes momentos de la vida, podemos ser cada uno de estos terrenos. Hay días en que estamos disponibles para Dios, en otros, dejamos que las preocupaciones o las dificultades endurezcan nuestro corazón.

La pregunta que Jesús deja para cada uno de nosotros es: ¿qué tipo de terreno es mi corazón hoy?

Todos los días Dios continúa lanzando su Palabra. Nos corresponde a nosotros preparar el corazón por medio de la oración, la escucha, la humildad y la práctica del amor, para que la semilla produzca frutos abundantes en nuestra familia, en el trabajo, en la comunidad y en toda nuestra vida.

Como recuerda el Papa Francisco, lo importante no es solo escuchar la Palabra, sino permitir que transforme nuestra vida, para que podamos dar frutos de bondad, justicia, paz y misericordia. Este es el verdadero signo de una “tierra buena”.

Denise Corrêa

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