Ya estamos en el mes de junio… Y junio es el sexto mes entre los doce que conforman el año… Esto significa que, cuando lleguemos al día 30 de este mes –que, digamos, está “a la vuelta de la esquina”– habremos llegado a la mitad de 2026… Parece increíble la rapidez con la que el año está pasando…

Pero, además de ser la mitad del año, ¿qué más caracteriza al mes de junio? Si eres estudiante, dirás: “¡Ya casi llegan las vacaciones de julio!”. Pero, seas estudiante o no, muy probablemente dirás: “Las fiestas juninas”. ¡Y acertarás!

“Fiesta junina” es casi sinónimo de: quadrilha (baile típico)… forró… maíz tinto asado… cocada… quentão (bebida caliente de vino o cachaça con especias)… y mucho más… “Fiesta junina” es también casi sinónimo de “alegría”. De hecho, toda fiesta trae alegría, ¿no es verdad?

Sí, pero también es verdad que hay “alegría” y “alegría”… Las alegrías no son todas iguales… Hay alegrías que son sinceras, y las hay que son fingidas. Hay las que son fugaces, y las hay que duran. Hay incluso las que son tontas, y las hay que son profundas. Hay las que brotan de una razón verdadera, y las hay que son fruto de un engaño… Detente ahora un minutito y reflexiona: En este preciso momento, ¿estás alegre? ¿De dónde viene tu alegría?, ¿cuál es la causa que la provocó?

No somos, ni queremos ser, “tontos alegres”. Queremos ser personas alegres, sí. Una persona alegre contagia alegría a su alrededor, provoca alegría por donde pasa. Un hogar de personas alegres “pega” esta alegría, siempre y cuando la alegría que las personas de ese hogar esparcen a su alrededor tenga un fundamento sólido que pueda ser compartido.

Santa María Eugenia habla de esta alegría profunda que debe ser nuestra marca. Después de todo, la Asunción de María ¿no es uno de los misterios gozosos, es decir, alegres, que rezamos en el rosario? Escuchemos lo que dice, hablando a las Hermanas: “Es necesario que las personas, al alejarse de ustedes, se vayan con el alma ensanchada, el corazón alegre” (17/07/1871). Si fuera a decir estas palabras hoy, y no hace más de cincuenta años, ¡se las repetiría a las Hermanas y a los miembros de Asunción Juntos!

Pero, volviendo a las palabras de Santa María Eugenia. Solo quien “contagia” alegría, es decir, esparce alegría por donde va, es quien vive lo que podemos llamar una “alegría de raíz”, es decir, una alegría que “se pega”, que se transmite. Santa María Eugenia explica esto en otra intervención, donde dice lo siguiente: “La alegría interior está por encima de las contradicciones, de las pruebas, de los hechos que podemos criticar o de aquellos de los que nos quejamos. Se fundamenta en la paz del corazón” (05/04/1874).

In esta intervención, Santa María Eugenia nos da la clave para entender lo que nos está queriendo enseñar: y esta clave está en la “paz del corazón”. Pero, ¿qué querrá decir esta expresión? Veamos:

¿Has sentido alguna vez tu corazón en “estado de alerta” o, peor aún, en “estado de guerra”? Esta “guerra” puede haber sido contra ti mismo o contra alguien más. Si pasaste por esta experiencia (y deseo que nunca haya sucedido, pues es muy dolorosa…) habrás tenido pensamientos destructivos, de rabia, tal vez hasta de venganza; habrás estado “peleado” contigo mismo, con alguien o incluso con el mundo entero; te habrás sentido mal juzgado, incomprendido, infeliz… Y esta situación te hace sufrir interiormente. Y, sin que te des cuenta, estarás transmitiendo amargura y negativismo. Y estarás alejando a las personas y sintiéndote aislado en tus sentimientos… Ciertamente, esta no es una buena experiencia…

Y ahora, pensemos lo contrario: ¿qué significa tener “paz en el corazón”? ¿Qué nos puede estar diciendo Santa María Eugenia con esta expresión? Tener paz en el corazón significa “mirar a los demás y al mundo con una expresión de afecto y buenos deseos”. Es el deseo de ver “lo mejor” en cada persona que encontramos, en cada situación que vivimos. No se trata aquí de un optimismo vacío o infantil. Se trata de lo que es, en realidad, opuesto a eso… Se trata de una actitud muy adulta de percibir que, incluso detrás de formas de ser que nos pueden irritar, existe una piedra preciosa, un diamante oculto, una semilla de bondad que Dios colocó en el corazón de cada uno de sus hijos e hijas para que ellos lo descubrieran y, a lo largo de la vida, lo cultivaran.

Quien descubre esto, en sí mismo o en los demás, descubre también una profunda alegría. Y la alegría es un don que se transmite… Es por esta razón que Santa María Eugenia decía, como vimos, que quien se acerca a nosotros debería salir con “el corazón alegre”.

Pidamos a Dios este don de la alegría. Que las preocupaciones –tan normales en una vida humana– no se adueñen de nuestro corazón impidiendo que la alegría reine en él. En esta época de fiestas, dejemos a la alegría el lugar privilegiado en nuestro corazón. Sepamos ser sembradores y sembradoras de alegría en nuestra familia, en nuestro círculo de amigos, con las personas con quienes tenemos contacto. Que podamos “contagiar” de alegría el ambiente en que vivimos, pues tenemos, en lo más íntimo de nosotros, la fuente de la mayor alegría: sabemos que Dios es nuestro Padre, que ama a cada uno y cada una de nosotros con amor infinito, y que nos reserva un futuro de alegría y paz. ¡Festejemos, pues, en la alegría!

Irma Regina Maria Cavalcanti

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