La paciencia de Dios nos enseña a esperar con esperanza

Palabras clave: paciencia, misericordia, esperanza, Reino de Dios, Espíritu Santo, confianza.

Introducción

Hay domingos en los que la Palabra de Dios parece responder exactamente a lo que vivimos. Vivimos en un tiempo donde todo tiene que ser rápido: queremos soluciones inmediatas, cambios instantáneos y respuestas para todo. Sin embargo, las lecturas de este domingo nos muestran que Dios tiene otra manera de actuar. Él no se apresura, no se cansa de esperar y nunca deja de confiar en nosotros.

Su paciencia no es indiferencia; es una expresión de su inmenso amor. Dios conoce nuestro corazón y sabe que crecer lleva tiempo. Por eso nos invita también a mirar a los demás con más misericordia y menos juicio.

Primera lectura (Sabiduría 12, 13.16-19)

El libro de la Sabiduría nos presenta a un Dios que ejerce su poder de una forma sorprendente: siendo misericordioso. A veces pensamos que ser fuerte es imponer o castigar, pero Dios nos muestra que la verdadera fortaleza está en saber esperar y ofrecer siempre una nueva oportunidad.

¡Cuánto necesitamos aprender de Él! Muchas veces somos rápidos para señalar los errores de los demás y lentos para reconocer los propios. En cambio, Dios mira mucho más allá de nuestras caídas. Él ve todo lo bueno que todavía puede crecer en cada persona.

Salmo 85

El salmo es una hermosa oración de confianza: “Tú, Señor, eres bueno y clemente.”

Estas palabras nos recuerdan que siempre podemos volver a Dios. Él nunca se cansa de escucharnos, incluso cuando nuestra oración es sencilla, pobre o está llena de silencios.

Saber que Dios es bueno nos da paz y nos anima a seguir caminando, aun cuando sentimos que las fuerzas no alcanzan.

Segunda lectura (Romanos 8, 26-27)

San Pablo nos regala una de las imágenes más consoladoras de toda la Biblia: el Espíritu Santo reza con nosotros cuando ya no encontramos palabras.

¿Cuántas veces vivimos situaciones que no sabemos cómo poner en oración? Hay días en que solo podemos suspirar, guardar silencio o simplemente permanecer delante del Señor. También allí está el Espíritu, sosteniendo nuestra oración y presentando al Padre lo que hay en lo más profundo de nuestro corazón.

Esto nos recuerda que Dios siempre toma la iniciativa. Nunca estamos solos.

Evangelio (Mateo 13, 24-30)

La parábola del trigo y la cizaña es una invitación a confiar en los tiempos de Dios. Los servidores quieren arrancar enseguida la cizaña, pero el dueño del campo les pide esperar para no dañar el trigo.

Jesús nos enseña que no todo se resuelve de inmediato. El bien necesita tiempo para crecer, igual que una semilla necesita paciencia antes de dar fruto.

También es una invitación a no convertirnos en jueces de los demás. Solo Dios conoce la historia, las heridas y las luchas de cada persona. Nosotros estamos llamados a sembrar el bien, acompañar con paciencia y confiar en que el Señor sigue obrando, incluso cuando no lo vemos.

Una mirada desde la espiritualidad de la Asunción.

Santa María Eugenia nos enseñó a mirar el mundo con esperanza porque estaba convencida de que Dios sigue actuando en la historia. Educar, acompañar y evangelizar supone creer que cada persona puede crecer y transformarse cuando se encuentra con el amor de Dios. 

Las lecturas de este domingo nos dejan una certeza que puede cambiar nuestra manera de vivir: Dios nunca pierde la esperanza en nosotros.

Quizás hoy también nos invita a ser un poco más pacientes con quienes nos rodean, con nosotros mismos y con los procesos que todavía están en marcha. Porque el Reino de Dios crece muchas veces de forma silenciosa, pero nunca deja de crecer.

Esta lectura me deja la pregunta; 

  • ¿Con quién necesito ser más paciente, como Dios lo es conmigo?
  • Giselle Barzola

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