“Sígueme”
La liturgia de este 10º Domingo del Tiempo Ordinario nos invita a vivenciar la fe de forma auténtica, a través de gestos concretos, por el amor que recibimos de Él. Mediante las lecturas de este domingo recibemos la invitación a una conversión sincera, a la confianza en la misericordia divina y a la superación de una religiosidad basada solo en las apariencias.
El pueblo de Dios fue llamado a comprender que la verdadera alianza con el Señor va más allá de ritos y ceremonias, siendo que la práctica religiosa posee un gran valor cuando expresa una vida comprometida con la voluntad divina. Sin embargo, cuando los gestos externos no corresponden a un cambio interior, la fe corre el riesgo de convertirse solo en una formalidad.
Es justamente esa realidad la que el profeta Oseas denuncia en la primera lectura. Dios observa que la fidelidad del pueblo es pasajera, semejante a la neblina de la mañana que desaparece rápidamente. En su mensaje, el Señor recuerda que lo que más desea es el amor sincero y el conocimiento verdadero de Dios. Se trata de un mensaje y una dirección que todavía tienen relación con el día de hoy. En una sociedad marcada por la prisa, el individualismo y la superficialidad, el pueblo de Dios está invitado a cultivar una relación profunda con Dios, capaz de transformar actitudes y elecciones cotidianas. El profeta nos ayuda a comprender que el amor a Dios no puede reducirse a momentos aislados de oración o a la participación ocasional en celebraciones. La fe auténtica se manifiesta en el cuidado del prójimo, en la práctica de la justicia, en la promoción de la paz y en el testimonio de una vida coherente con el Evangelio. Cuando el amor se convierte en el centro de la existencia cristiana, toda la vida se transforma en alabanza a Dios.
El Salmo responsorial refuerza esta perspectiva al recordar que el Señor se complace en aquellos que caminan por sus sendas. El verdadero culto nace de un corazón agradecido y obediente. No se trata solo de cumplir con obligaciones religiosas, sino de permitir que Dios conduzca la propia vida. La salvación prometida por el Señor alcanza a aquellos que perseveran en la fidelidad y buscan vivir según sus enseñanzas.
En la segunda lectura, San Pablo presenta la figura de Abraham como un ejemplo luminoso de fe. El patriarca creyó en las promesas de Dios incluso cuando todo parecía indicar lo contrario. Su confianza no se basaba en las circunstancias humanas, sino en la certeza de que Dios es fiel. Esta actitud de fe sigue siendo una enseñanza valiosa para los cristianos de todos los tiempos. También nosotros enfrentamos situaciones que desafían nuestra esperanza: dificultades familiares, problemas de salud, desafíos económicos, incertidumbres en relación al futuro y tantas otras realidades que forman parte de la vida humana. Ante estas circunstancias, la Palabra de Dios nos recuerda que la fe no elimina los problemas, sino que ofrece la fuerza necesaria para enfrentarlos. Así como Abraham confió en la acción divina, somos invitados a creer que Dios continúa conduciendo la historia y acompañando a sus hijos con amor y providencia.
El Evangelio presenta uno de los episodios más conocidos de la vida pública de Jesús: el llamado de Mateo. Publicano y recaudador de impuestos, Mateo era visto con desconfianza por muchos de sus contemporáneos. Sin embargo, Jesús no se deja guiar por los prejuicios de la sociedad. Al pasar, le dirige una invitación simple y transformadora: “Sígueme”.
Este encuentro revela un aspecto fundamental de la misión de Cristo. El Señor no busca solo a aquellos que ya se consideran justos o perfectos. Él va al encuentro de los que necesitan sanación, acogida y renovación. El llamado de Mateo muestra que nadie está excluido de la misericordia divina. Dios conoce las fragilidades humanas, pero continúa ofreciendo oportunidades de conversión y de un nuevo comienzo.
La celebración de este domingo también nos lleva a reflexionar sobre nuestra propia vida espiritual. ¿Está nuestra fe produciendo frutos concretos? ¿Corresponden nuestras palabras a nuestras actitudes? ¿Estamos dispuestos a acoger a aquellos que piensan diferente de nosotros o que cargan con historias marcadas por el sufrimiento y el pecado? La respuesta a estas preguntas exige sinceridad y apertura al Espíritu Santo. La conversión es un camino permanente. Todos los días somos invitados a abandonar aquello que nos aleja de Dios y a renovar nuestra disposición de seguir a Jesús con mayor fidelidad.
Que la liturgia de este 10º Domingo del Tiempo Ordinario fortalezca nuestra fe y renueve nuestro compromiso con el Evangelio. Inspirados por el ejemplo de Abraham, por la predicación del profeta Oseas y por el testimonio de Mateo, podamos acoger la invitación de Jesús para vivir una fe auténtica, marcada por la misericordia, la confianza y la caridad.
¡Alabado sea Nuestro Señor Jesucristo!
07/06/2026
Ana Beatriz Menezes, OP.



