La Iglesia es la comunidad que nace de Jesús, asistida por el Espíritu y llamada a testimoniar el proyecto libertador del Padre.

El tema de este domingo es el Espíritu Santo. Don de Dios para todos. El Espíritu da vida, renueva, transforma, construye comunidad y hace nacer a la nueva humanidad. El Evangelio nos presenta a la comunidad cristiana, reunida alrededor de Jesús resucitado. Para Juan, esta comunidad pasa a ser una comunidad viva, recreada, nueva, a partir del don del Espíritu.

El objetivo de Lucas (Hechos 2, 1-11) es presentar a la Iglesia como la comunidad que nace de Jesús, que es asistida por el Espíritu y que es llamada a testimoniar el proyecto libertador del Padre.

Pentecostés, fiesta judía celebrada cincuenta días después de la Pascua, era una fiesta agrícola en la que se agradecía a Dios la cosecha de la cebada y del trigo; se convirtió en la fiesta que celebraba la alianza, el don de la Ley en el Sinaí y la constitución del Pueblo de Dios.

Lucas sugiere que el Espíritu es la ley de la nueva alianza y que, por Él, se constituye la nueva comunidad del Pueblo de Dios. El Espíritu es presentado como la fuerza de Dios a través de dos símbolos: el viento de tormenta y el fuego. Son los símbolos de la revelación de Dios en el Sinaí, cuando Dios dio al Pueblo la Ley y constituyó a Israel como Pueblo de Dios.

El Espíritu es presentado en forma de lenguas de fuego. Hablar otras lenguas es crear relaciones, es la posibilidad de superar el egoísmo, la división, el racismo, la marginalización… En Babel, los hombres eligieron el orgullo, la ambición que condujo a la separación y al desentendimiento; aquí, es la vuelta a la unidad, a la relación, a la construcción de una comunidad capaz del diálogo, del entendimiento, de la comunicación.

La comunidad mesiánica es la comunidad donde la acción de Dios, por el Espíritu, modifica profundamente las relaciones humanas, llevando al compartir, a la relación, al amor.

Es así como debemos entender los efectos de la manifestación del Espíritu: todos los oían proclamar en su propia lengua las maravillas de Dios. Los pueblos convocados y unidos por el Espíritu representan a todo el mundo antiguo, desde la Mesopotamia, pasando por Canaán, Asia Menor, el norte de África, hasta Roma: a todos debe llegar la propuesta libertadora de Jesús, que hace de todos los pueblos una comunidad de amor y de compartir.

Tenemos aquí los elementos esenciales que definen a la Iglesia: una comunidad de hermanos reunidos en torno a Jesús, animada por el Espíritu del Señor resucitado y que testimonia en la historia el proyecto libertador de Jesús. Antes de Pentecostés, teníamos apenas un grupo cerrado, incapaz de superar el miedo y de arriesgar, sin la iniciativa ni la valentía del testimonio; después de Pentecostés, tenemos una comunidad unida, que transpasa sus limitaciones humanas y se asume como comunidad de amor y de libertad.

La comunidad cristiana de Corinto (1 Cor 12, 3b-7.12-13) era viva y fervorosa pero no era una comunidad ejemplar en lo que respecta a la vivencia del amor y de la fraternidad: los partidos, las divisiones, las contiendas y rivalidades perturbaban la comunión y constituían un contratestimonio. Pablo no puede ignorar esta situación. En la Primera Carta a los Corintios, él corrige, amonesta, da consejos, muestra la incoherencia de estos comportamientos, incompatibles con el Evangelio.

Pablo aborda también la cuestión de los “carismas”. Es preciso que los miembros de la comunidad tengan conciencia de que, a pesar de la diversidad de dones espirituales, es el mismo Espíritu el que actúa en todos; que a pesar de la diversidad de funciones, es el mismo Señor Jesús el que está presente en todos; que a pesar de la diversidad de acciones, es el mismo Dios el que actúa en todos.

A pesar de la diversidad de miembros y de funciones, el cuerpo es uno solo. En todos los miembros circula la misma vida, pues todos fueron bautizados en un solo Espíritu y bebieron de un único Espíritu. El Espíritu es, pues, presentado como Aquel que alimenta y que da vida al cuerpo de Cristo; Él fomenta la cohesión, dinamiza la fraternidad y es el responsable de la unidad de los diversos miembros que forman la comunidad.

Los dones que recibimos no pueden generar conflictos y divisiones, sino que deben servir para el bien común y para reforzar la vivencia comunitaria. Es preciso tener conciencia de la presencia del Espíritu: es Él quien alimenta, quien da vida, quien anima, quien distribuye los dones conforme a las necesidades.

El Evangelio según San Juan (Jn 20, 19-23) fue leído en el día de la resurrección. Nos presenta a la comunidad de la nueva alianza, nacida de la acción creadora y vivificadora del Mesías. Juan comienza por poner de relieve la situación de la comunidad. El anochecer, las puertas cerradas, el miedo, es lo que reproduce la situación de una comunidad desamparada en medio de un ambiente hostil, desorientada e insegura. Es una comunidad que ha perdido sus referencias y su identidad y que no sabe ahora a quién referirse.

Jesús aparece en medio de ellos. Juan indica de esta forma que los discípulos, al hacer la experiencia del encuentro con Jesús resucitado, redescubrieron su punto de referencia, alrededor del cual la comunidad se construye y toma conciencia de su identidad. La comunidad cristiana solo existe de forma consistente si está centrada en Jesús resucitado.

Jesús les desea la paz. La paz es un don mesiánico; significa, sobre todo, la transmisión de la serenidad, de la tranquilidad, de la confianza que permitirán a los discípulos superar el miedo y la inseguridad: a partir de ahora, ni el sufrimiento, ni la muerte, ni la hostilidad del mundo podrán derrotar a los discípulos, porque Jesús resucitado está en medio de ellos. Jesús les mostró las manos y el costado. Son las señales que evocan la entrega de Jesús, el amor total expresado en la cruz. Es en esas señales, en la entrega de la vida, en el amor ofrecido, donde los discípulos reconocen a Jesús.

El gesto de Jesús de soplar sobre los discípulos reproduce el gesto de Dios al comunicar la vida al hombre de arcilla. Con el soplo de Dios, el hombre se convirtió en un ser viviente; con este soplo, Jesús transmite a los discípulos la vida nueva y hace nacer a un Nuevo Ser. Animados por el Espíritu, ellos forman la comunidad de la nueva alianza y son llamados a testimoniar, con gestos y con palabras, el amor de Jesús.

La comunidad cristiana solo existe de forma consistente si está centrada en Jesús. Jesús es su identidad y su razón de ser. Es en él donde superamos nuestros miedos, nuestras incertidumbres, nuestras limitaciones, para partir a la aventura de testimoniar la vida nueva. Identificarse como cristiano significa dar testimonio ante el mundo de las señales que definen a Jesús: la vida entregada, el amor compartido.

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