La liturgia expresa en la oración nuestra propia fe. Por medio de celebraciones, a lo largo de todo el Año Litúrgico, vamos repasando los grandes misterios que marcan nuestra fe cristiana. Como comunidad, afirmamos nuestra fe al rezar el “Creo” en las Misas de domingo y, por medio de las fiestas y celebraciones, nos detenemos en cada uno de ellos.

Hoy celebramos una de estas fiestas, la Solemnidad de la Ascensión del Señor. Esta fiesta cierra, por así decirlo, el ciclo de fiestas que marcan diversos momentos de la vida de Jesús: su nacimiento (Navidad), su Pasión, Muerte y Resurrección (Semana Santa). Hoy estamos celebrando su subida al cielo, su regreso al lado del Pai. Sin embargo, a lo largo de todo el año, en las Misas que se celebran cada día, escuchamos sus palabras, su enseñanza, al oír la lectura del Evangelio.

El amor de Dios Padre por nosotros, seres humanos que nos hemos convertido en sus hijos e hijas, es tan grande que nos envió un Salvador para liberarnos del pecado y enseñarnos a vivir de tal modo que pudiéramos estar con él para siempre. Esta fue la misión de Jesús, el Hijo eterno de Dios que se hizo uno de nosotros. Intentemos entender qué significa la Ascensión del Señor, que celebramos este domingo.

El final de la Primera Lectura de la Misa de hoy, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos cuenta, a través de la palabra de Lucas, lo que sucedió. Veamos: “Después de decir esto, Jesús fue llevado al cielo, a la vista de ellos. Una nube lo cubrió, de modo que sus ojos ya no podían verlo. Los apóstoles continuaban mirando al cielo mientras Jesús subía. Aparecieron entonces dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: ‘Hombres de Galilea, ¿por qué os quedáis aquí, parados, mirando al cielo? Este Jesús que os ha sido llevado al cielo, vendrá del mismo modo que lo habéis visto partir hacia el cielo’” (Hch 1, 9-11).

La Oración de esta fiesta interpreta este acontecimiento, del cual los apóstoles fueron testigos, y nos dice su sentido profundo: “…en la ascensión de Cristo, vuestro Hijo, nuestra humanidad fue elevada junto a vos…”. La palabra “ascensión” quiere decir “subida”. En la fiesta de la Ascensión, celebramos la “subida” de Jesús al cielo, al lado de Dios Padre. Este mismo Jesús, que “subió” al cielo, al lado del Padre, es el Hijo Eterno de Dios que “bajó”, asumió nuestra realidad humana, se encarnó, se hizo uno de nosotros.

La Primera Lectura de hoy, (Hch 1, 1-11), es el inicio del Libro de los Hechos de los Apóstoles. Este libro cuenta el inicio de la predicación de los Apóstoles, llevando al mundo de aquella época el trabajo de la evangelización, el inicio de la Historia de nuestra Iglesia. Sabemos que esta Historia es muy hermosa pues, a pesar de la debilidad y de la inconstancia de muchos de sus miembros, cuenta con el poder del Espíritu Santo que la conduce. Ella continúa en este tiempo nuestro de hoy y somos nosotros, actualmente, quienes tenemos la misión de llevarla adelante. Nuestra misión hoy es la misma que tuvieron, en su tiempo, los apóstoles: evangelizar, llevar el mensaje de Jesús a la humanidad de nuestro tiempo. Podemos sentir, como dichas para nosotros, las palabras que los apóstoles oyeron: “Hombres de Galilea, ¿por qué os quedáis aquí, parados, mirando al cielo? Este Jesús, que os ha sido llevado al cielo, vendrá del mismo modo que lo habéis visto partir hacia el cielo” (Hch 1, 11).

Sí, nosotros, cristianos y cristianas, no podemos, no debemos, “quedarnos parados, mirando al cielo”… Jesús ya no está visible en medio de nosotros, como estaba en medio de los apóstoles. Pero, tanto a ellos como a nosotros, nos fue confiada la misión de anunciar el Evangelio, de dar testimonio de nuestra fe, de hacer que otras personas también crean en el Hijo de Dios que se hizo hombre, que murió en una cruz para salvarnos y que hoy, resucitado, está junto a Dios Padre.

El Salmo Responsorial es un canto de gloria y de alegría: “Entre aclamaciones, Dios se ha elevado; el Señor subió al toque de la trompeta”. La escena de la Ascensión del Señor fue mucho más sobria: no hubo trompetas en aquella hora. Pero hay trompetas tocando ahora en el corazón de los que tienen fe y saben que, subiendo al lado del Padre, Jesús hace que nuestra humanidad sea elevada hacia Dios Padre. Este es el sentido profundo y pleno de la Resurrección, que estamos celebrando desde el Domingo de Pascua.

En la Segunda Lectura, tomada de la Carta a los Efesios (Ef 1, 17-25), San Pablo expresa el deseo de que Dios “abra vuestro corazón a su luz para que sepáis cuál es la esperanza a la que su llamamiento os da…” (Ef 1, 18).

El Evangelio de esta celebración es muy corto, pero de una extrema importancia. En él, Jesús da, a los apóstoles y a nosotros, una misión y hace una promesa. La misión es la de hacer discípulos a todos los pueblos. Y la promesa es la de permanecer con nosotros por todos los tiempos.

Guardemos para nuestra vivencia este pasaje del Evangelio. No podemos olvidarnos de la misión que Jesús nos confía: vivir nuestra fe de tal manera que, por medio de nosotros, otros lleguen también a creer en el amor que Dios tiene por cada uno/a de nosotros y sigan el camino de vida que Jesús nos enseñó con su ejemplo y con sus palabras. Tampoco podemos olvidarnos de la promesa que Jesús nos hizo: él está con nosotros, siempre, en los momentos de alegría o de tristeza, de duda, de búsqueda, de incertidumbre… Ser cristiano, cristiana, es eso: es creer, es saber que Jesús está siempre a nuestro lado incentivándonos, protegiéndonos, ayudándonos en nuestra misión de hacer al Padre conocido y amado.

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