Queridos hermanos, hermanas y amigos de la Congregación Asunción.

La liturgia de hoy nos hace una invitación para contemplar un tema muy importante y hermoso en nuestra vida cristiana: no estamos solos. Dios permanece con nosotros por medio del Espíritu Santo y nos llama a vivir una fe que se expresa en el amor y en el testimonio.

En la primera lectura de los Hechos, el apóstol Felipe, que representa a la Iglesia naciente en misión, nos relata: “La multitud escuchaba con atención lo que decía Felipe… y hubo gran alegría en aquella ciudad” (Hech 8,5-8). El anuncio de Cristo transforma la realidad: trae liberación, curación y alegría. ¡Gran alegría!

Sin embargo, algo llama nuestra atención: aun habiendo recibido la fe, aquellos cristianos todavía no habían recibido plenamente el Espíritu. Por eso Pedro y Juan van hacia ellos e: “les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo” (Hech 8,14-17). Aquí aprendemos algo importante: 1) La fe no es solo conocer a Jesús; es vivir en el Espíritu de Jesús; y 2) La vida cristiana es una caminata continua, donde Dios nos va conduciendo paso a paso.

En la segunda lectura, San Pedro nos invita: “Estad siempre listos para dar razón de vuestra esperanza” (1Pe 3,15). Esta frase es muy actual. No basta con decir que creemos: necesitamos mostrar, con la vida, de dónde viene nuestra esperanza. Y San Pedro añade cómo debemos hacerlo: “con mansedumbre y respeto” (1Pe 3,15-16). Es decir: actuar con dulzura y respeto, no con agresividad. Evitar siempre el juicio precipitado de nuestros hermanos, además de actuar con coherencia y humildad.

Y él recuerda el fundamento de todo: “Cristo murió por los pecados… para conducirnos a Dios” (1Pe 3,18). Nuestra esperanza tiene su raíz en el amor de Cristo, que entrega la vida por nosotros.

En el Evangelio, Jesús habla directamente a nuestro corazón: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” (Jn 14,15). Amar a Jesús no es solo sentir algo — es vivir como Él enseñó. Y entonces viene una promesa extraordinaria: “Yo pediré al Padre y Él os dará otro Paráclito… el Espíritu de la verdad” (Jn 14,16-17). Y añade: “No os dejaré huérfanos” (Jn 14,18). Esta es una de las frases más consoladoras de todo el Nuevo Testamento. Jesús sabe que sus discípulos tendrían miedo, inseguridad, dificultades — y también sabemos que nuestra vida es así. Pero Él garantiza que no estamos abandonados y que el Espíritu Santo habita en nosotros.

Ahora, al unir las lecturas, queridísimos y queridísimas, percibimos un mensaje único: en los Hechos, el Espíritu Santo transforma a la comunidad y genera alegría; en la Carta de Pedro, el Espíritu nos fortalece para testimoniar con esperanza; y en el Evangelio, Jesús promete ese Espíritu como presencia permanente.

Hoy, Dios nos invita a tres actitudes concretas: dejar actuar al Espíritu, testimoniar con serenidad y confiar en que no estamos solos.

Nos quedan estos cuestionamientos:

  • ¿Dejo que Dios transforme mi vida, o solo escucho las lecturas sin cambiar?
  • En los momentos difíciles, ¿recuerdo que Dios está presente en mi vida, aun de forma silenciosa, pero real?

Que podamos: acoger al Espíritu Santo, vivir los mandamientos en el amor y dar al mundo la razón de nuestra esperanza. Así, nuestra vida también se convertirá, como en la primera lectura, en una fuente de “gran alegría” para todos.

Amén.

Aderson Castro

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