29 de marzo
La liturgia de este último domingo de Cuaresma nos invita a contemplar el misterio de Dios que se hace hombre, comparte nuestra humanidad y recorre un camino de amor que lo lleva a la muerte en la cruz.
La primera lectura, Isaías 50, 4-7, nos presenta a un personaje anónimo que responde al llamado de Dios en la misión de anunciar la palabra divina y llevar consuelo al pueblo sufriente. “El Señor me ha dado una lengua de discípulo, para saber decir al abatido una palabra de aliento”. Para ello, se pone enteramente a disposición del Señor, escuchándolo con el corazón abierto y reconociendo que es inspirado y fortalecido por la gracia de Dios.
Este personaje enfrenta los desafíos y dificultades de un verdadero profeta que, al proferir las verdades y promover la justicia divina, sufre la resistencia y, a veces, la violencia de quienes lo escuchan. Se constituye, así, en ejemplo del siervo sufriente, apuntando a la propia figura de Jesús que se manifestará más tarde y será descrita en el Nuevo Testamento. Ambos ponen su vida al servicio de Dios, traen consuelo y esperanza a la humanidad y soportan todo tipo de sufrimiento, gracias al hecho de confiar y saber que serán amparados por Dios.
Ante esto, podemos reflexionar si, como cristianos, hemos asumido nuestra misión profética y de qué forma la hemos vivenciado. ¿Cuál ha sido nuestra disposición para anunciar la palabra de Dios y concretarla de forma firme y valiente? ¿Confiamos en que no estamos solos en este camino? Si no contamos con la ayuda de Dios en esta misión, nos sentiremos débiles y desanimados, y pronto desistiremos.
En la segunda lectura, Filipenses 2, 6-11, San Pablo habla a la comunidad de Filipos, por la cual sentía un profundo aprecio. Esa comunidad era bastante activa, colaboraba y apoyaba a la Iglesia de Jerusalén; sin embargo, le faltaba aún comprender y practicar virtudes tales como el desprendimiento, la sencillez y la humildad. En este contexto se sitúa el mensaje de Pablo, enfocándose justamente en la trayectoria existencial de Jesús, basada en los valores descritos anteriormente.
Podemos destacar que Jesús, a pesar de su condición divina, no asume ninguna actitud de soberbia o arrogancia; por el contrario, acepta hacerse hombre revelando un profundo despojo y humildad en sus acciones. ¿Y lo hizo con qué objetivo? Para revelar a la humanidad el Ser y el Amor del Padre, y mostrar el camino de la salvación y de la vida plena.
En todo su camino, Jesús demuestra total obediencia al Padre, aceptando vivir al servicio de sus semejantes. Revela un total desprendimiento de sí mismo, pues hace muchos sacrificios y soporta todo tipo de humillación manteniéndose íntegro y coherente con las enseñanzas del Padre. Y, además, siempre actúa con humildad, sin demostrar arrogancia por su condición divina ni orgullo respecto a sus acciones. Cabe resaltar que su fidelidad al Padre implica el amor verdadero a todos los hermanos, sobre todo a los excluidos y rechazados por la sociedad que necesitan especial atención.
Los valores que marcaron la existencia de Cristo siguen sin ser valorados hoy en día, ya que la sociedad, de forma general, incentiva y enaltece las trayectorias de carácter competitivo y agresivo que buscan exclusivamente la satisfacción de necesidades individualistas. No existe respeto ni cuidado por los semejantes, solo el deseo de vencer a cualquier precio, aunque eso, muchas veces, perjudique a quienes viven a su alrededor. Vivir de acuerdo con los principios de la humildad, el respeto y la colaboración con los hermanos es el gran desafío para todos los cristianos.
En el Evangelio de hoy, Mt 26, 14 – 27, 66, Mateo nos relata la pasión y muerte de Jesús, enfocándose en diversos acontecimientos como la cena con los discípulos, la traición de Judas y el “lavado de manos” de Pilato ante las acusaciones sufridas por Jesús; todo esto culmina en la condena de Jesús por la sociedad de la época, con su crucifixión y muerte.
Desde temprano, Jesús percibió que su misión era anunciar y construir un mundo nuevo caracterizado por la justicia, el amor y, sobre todo, la libertad para todas las personas sin excluir a nadie. Siendo así, la propuesta del Reino de Dios incluía a todos, también a los marginados por la sociedad de la época, lo que chocó con la atmósfera vigente: la clase dominante de los ricos y poderosos se caracterizaba por el egoísmo, el orgullo y la prepotencia, explotando a las capas más pobres de la sociedad. Las autoridades se sintieron incómodas con la denuncia de Jesús y no estaban dispuestas a perder sus privilegios y poder. Jesús asume la lucha contra el pecado, es decir, contra la injusticia y la explotación sufrida por los oprimidos. Su posicionamiento firme y radical generó tensiones y resistencias en el mundo a su alrededor, llevándolo a la muerte.
No puede existir mayor ejemplo de amor al prójimo: Jesús entrega toda su vida al servicio de los hermanos. Él sobrepasa todas las barreras y límites del ser humano. Ante esto, tenemos que cuestionarnos si somos dignos de ser llamados cristianos. ¿Tenemos una vida coherente con el mensaje de Jesús o actuamos como Judas, quien, a pesar de sentarse a la mesa con Jesús y parecer compartir el pan que se le ofrece, lo traiciona radicalmente poniéndolo en el camino de su propia muerte?
Contemplar la cruz de Jesús y vivir su significado implica desarrollar una mentalidad de compasión y solidaridad ante las injusticias y exclusiones sufridas por grupos sociales en nuestra sociedad, y actuar, de alguna manera, en favor del rescate de la dignidad de los más sufridos.
Sandra Yazaki



