“Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador”
La Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, celebrada el 15 de agosto, es una de las fiestas marianas más importantes del año litúrgico. En ella proclamamos el paso de María, madre de Jesús, de esta vida al cielo, tanto en cuerpo como en alma. Conforme a la fe católica, esto se dio por gracia especial de Dios y en virtud de la plena cooperación de María con la obra de la redención.
Históricamente, la fiesta de la Asunción tiene raíces en el Oriente cristiano, donde se celebraba desde el siglo V con el nombre de “Dormición de María” —una tradición que enfatiza el sueño suave de María antes de su asunción. Con el tiempo, la celebración se extendió por Occidente y se consolidó como una solemnidad universal de la Iglesia.
El dogma de la Asunción fue proclamado por el papa Pío XII apenas en noviembre de 1950 a pesar de que, desde los primeros siglos del Cristianismo, ya se tenía la creencia en la Asunción de María, dado que ella había sido templo del Verbo encarnado. Además, sería inconcebible que su cuerpo estuviera sujeto a la corrupción.
La primera lectura, Apocalipsis 11,19a; 12,1-6a.10b, hace referencia a “una gran señal en el cielo: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”. Esta mujer está con dolores de parto, da a luz a un niño que corre peligro ante el ataque de un dragón. Pero el niño fue llevado junto a Dios y a su trono, mientras que su madre encontró refugio en un lugar del desierto preparado por Dios. La mujer simboliza a la Iglesia, pueblo de Dios que sufre a lo largo de la historia, pero también hace alusión a María, que tuvo que huir con el niño Jesús ante la persecución del rey Herodes. Tanto la Iglesia como María son salvadas de las adversidades a través de la intervención y de la protección divina.
Este texto revela el conflicto cósmico entre el bien y el mal y el contexto de la escena es el templo de Dios y el arca de la alianza. Ante todo peligro, la vida triunfa sobre la muerte, teniendo a Dios como intercesor.
En la Asunción vemos el cumplimiento de esa protección divina: María, la mujer fiel, es llevada a la presencia de Dios y coronada como Reina del Cielo. Su victoria es signo de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.
El Salmo 44 (45) es clarísimo en su referencia a la Asunción de María: “A vuestra derecha, Señor, la Reina del cielo, adornada con el oro más fino.”
En la segunda lectura, 1 Corintios 15, 20-27, Pablo nos dice: “Cristo resucitó de entre los muertos, primicia de los que duermen”, es decir, Cristo es el precursor de la resurrección, es el principio de una nueva humanidad que, adhiriéndose a Él, será conducida a la vida, venciendo la batalla contra la muerte.
La Asunción de María se inserta en este contexto de la Resurrección, toda vez que ella, concebida sin pecado y constituida como madre del Salvador, es la primera en participar plenamente de la victoria plena de la vida.
La Asunción es, por lo tanto, un signo de esperanza: anticipa la resurrección final de todos los fieles. María, como “primicia de la Iglesia”, ya participa plenamente de la gloria prometida a todos los que siguen a Jesucristo. Su Asunción es la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte, fruto de la redención obrada por Jesucristo.
En el Evangelio, Lucas 1,39-56, María, embarazada de Jesús, va a visitar a Isabel, que también estaba embarazada. Ante el saludo de María, el niño salta en el vientre de Isabel quien, de la misma forma, exulta de alegría por la presencia de la madre de su Señor.
La visita de María a Isabel nos muestra la actitud solidaria de María en relación a su prima; su presencia es motivo de gran alegría para todos, comunicando y esparciendo el espíritu de Dios. Debemos guiarnos por el ejemplo de María, siendo presencia viva de Jesucristo dondequiera que estemos.
A continuación, María proclama el Magnificat, un profundo himno de alabanza a Dios, siendo este el corazón de este evangelio. En él, María declara la grandeza de Dios, que derriba a los poderosos y exalta a los humildes, que sacia a los hambrientos y despide a los ricos con las manos vacías. La Asunción es el cumplimiento de esta alabanza: Dios exaltó a la humilde sierva, elevándola a la gloria del cielo.
Este episodio muestra que la Asunción no es un privilegio aislado, sino el fruto de una vida de servicio, fe y humildad. María es exaltada porque se humilló. Su gloria es el fruto de su entrega total a Dios. Pero para que esto se completara, ella dio su “sí”, haciendo de su vida una entrega total y profunda al llamado de Dios. Aquí tenemos una gran lección: ponernos siempre a la escucha de Dios para que nuestro corazón se ilumine y podamos trascender nuestras limitaciones.
Santa María Eugenia, refiriéndose a María, nos dice: “No solo sus acciones eran puras e inocentes, sino que estaban llenas de santidad y daban gloria a Dios por una intensidad de amor, de adoración, de respeto y de humilde servicio que ninguna otra criatura jamás alcanzó”.
Debemos resaltar además que el Cántico de María expresa una inversión de los valores de la sociedad patriarcal de la época: Dios exalta a los humildes y denuncia a los poderosos, “despidiendo a los ricos sin nada”. Este es el mensaje esencial del Evangelio que se contrapone a la lógica restringida de vidas guiadas exclusivamente por la riqueza material, generando injusticia, soberbia, violencia y exclusión en las sociedades. Contra esto necesitamos ser firmes y determinados como María, confiando siempre en la protección divina. ¡Este es el espíritu de la Asunción!
Sandra Yazaki



