Cuando éramos jóvenes estudiantes, uno de los temas que siempre volvía en nuestras clases o estudios eran las guerras… Guerra del Peloponeso, Guerra de los Cien Días, Guerra del Paraguay, 1ª Guerra Mundial, 2ª Guerra Mundial… Era guerra tras guerra… Parecía incluso que guerrear era la gran ocupación de los hombres a través de los tiempos…

No hay duda de que la violencia, el instinto de supervivencia, el deseo profundo de no ser dominado por nadie, forman parte de las grandes pulsiones que cada uno de nosotros lleva en las profundidades de su ser. Y estas pulsiones pueden estar en la base de los sentimientos que dan origen a las guerras que recorren la historia de la humanidad.

Guerras para conquistar un territorio, guerras para aumentar este territorio, guerras para mantener derechos adquiridos por bien o por mal, guerras ideológicas, guerras para librarse de una dominación: cada guerra vivida por la humanidad esgrime para sí misma una razón que se expresa en valores: necesidad para la vida, libertad, defensa de los más débiles, etc. Sin embargo, todas ellas —no importa cuál sea su razón— producen las mismas consecuencias: muertes, enfermedades, destrucción… Donde hay guerras, hay vencedores y hay perdedores; y, muchas veces, los propios vencedores pierden algo también. Podemos decir que donde hay guerras, todos pierden, aunque unos más y otros menos.

Pero la humanidad no aprende: aún hoy hay guerras en nuestro mundo. Si abrimos el periódico o encendemos la televisión en un noticiero vemos que Rusia y Ucrania libran una guerra desde hace años; Estados Unidos e Irán se están atacando en una guerra que difícilmente tendrá fin… En el continente africano, hay varias guerras entre diferentes grupos dentro de un mismo país. En nuestro planeta Tierra, existe constantemente el uso de la fuerza para resolver las diferencias… Por esta razón, todos los países se arman y la industria bélica florece…

Pero no existen “guerras” solo entre países. Existen también “guerras” a niveles menores. Estas también tienen un gran potencial destructivo. ¿Quién no conoce casos de “guerras” entre vecinos? ¿Quién nunca ha oído hablar de “guerras” entre miembros de una misma familia? ¿Y por qué no mencionar las “guerras” que libramos contra nosotros mismos al no aceptarnos como somos, con todas nuestras fragilidades? El ser humano parece no haber comprendido aún que las diferencias pueden existir, pero que no se llega a solucionarlas por medio de la fuerza, de la violencia. La violencia genera siempre otra violencia contraria. Las diferencias se resuelven por palabras, por acuerdos, por tratados que ambas partes se comprometen a respetar. Y cuando se trata de las “guerras” contra nosotros mismos, recordemos que las fragilidades pueden ser vencidas, no por medio de la violencia, sino por la lucha persistente contra nuestros propios defectos.

Existen organizaciones que fueron creadas para promover el entendimiento entre las naciones, para fomentar la paz, como la ONU (Organización de las Naciones Unidas). Sin embargo, no consiguen evitar las guerras. La actitud instintiva de resolver las cosas por la violencia es aún muy fuerte entre nosotros, los seres humanos…

Sin embargo, esto no es lo que Dios quiere que exista entre sus hijos. Si somos todos hermanos, hijos e hijas del mismo Padre, que es Dios, ¿por qué resolver nuestras diferencias por medio de la destrucción y de la muerte infligida al “otro”? Las palabras de Jesús que el Evangelio nos trae son palabras de paz. Él nos enseña a vivir como hermanos, a respetarnos mutuamente, a no desear el mal a los demás, a hacer siempre el bien. Vivir el Evangelio es buscar construir fraternidad, no destruirla; es optar por la vida, no por la muerte; es respetar los derechos del otro, no negarlos; es saber que Dios nos da la misión de cuidar la Creación, no la de arrasarla.

Santa María Eugenia, que orienta nuestro caminar de fe, nos dice: “Creo que estamos colocadas en la Tierra para trabajar por la venida del Reino del Padre en nosotras y en los demás”. Esta frase tiene un largo alcance… Según Sta. María Eugenia, todos nosotros tenemos una misión. Y esta misión es “trabajar por la venida del Reino del Padre en nosotros y en los demás”. Pero, ¿qué es este “Reino del Padre” por cuya venida debemos trabajar? El Reino de Dios es aquello de lo que nos habla el Evangelio. Jesús nos habló de este Reino a través de sus parábolas, a través de sus enseñanzas, a través de su vida. El Reino del Padre, el Reino de Dios, es un reino de amor, porque Dios es amor —como nos dice San Juan, el apóstol. Un reino de amor es un reino de paz, de fraternidad, de respeto mutuo, de buena voluntad hacia todos…

Esta frase de Sta. María Eugenia es, en verdad, muy exigente. Nos dice que debemos trabajar por la venida del Reino del Padre “en nosotros y en los demás”. “En nosotros”… ¿Cuáles son las “marcas” del Reino que llevamos en nosotros mismos? ¿Somos personas de paz? ¿De comprensión? ¿De respeto por los demás? ¿De verdad? ¿De justicia? ¿De amor fraterno?… Antes de trabajar para que estos valores sean vividos “por los demás”, necesitamos trabajar para que sean vividos “por nosotros mismos”.

El Evangelio nos llama siempre a una conversión, a un cambio de rumbo en nuestra vida. Por esta razón, vivir el Evangelio exige esfuerzo y perseverancia de nuestra parte. Pero trae recompensas también: saber que estamos siendo seguidores, seguidoras, de Jesús; saber que él nos acompaña y nos da fuerzas en nuestras dificultades; saber que podemos contar siempre con su gracia.

“Bienaventurados los que promueven la paz”, dijo Jesús al proclamar las bienaventuranzas. Seamos personas de paz, constructores de paz en nuestras familias y en los ambientes que frecuentamos. Renunciemos a las “guerras”, y procuremos ser constructores, constructoras, de paz y de entendimiento.

Hermana Regina Maria Cavalcanti.

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