Señor: ¿Qué clase de viñador soy yo?

Queridísimas hermanas y hermanos en Cristo, la liturgia del vigésimo séptimo domingo del tiempo ordinario (Año A), celebrada el 4 de octubre de 2026, presenta una fuerte unidad temática en torno a la imagen de la viña del Señor. A través de la Primera Lectura (Isaías), del Salmo Responsorial, de la Epístola de San Pablo a los Filipenses y del Evangelio según San Mateo, la Iglesia nos invita a meditar sobre la responsabilidad humana ante los dones divinos, la fidelidad a la alianza y la producción de frutos espirituales auténticos.

Ya en la Primera Lectura (Is 5, 1-7) observamos que el texto del profeta Isaías comienza con un tono lírico y afectuoso: “Voy a cantar a mi amigo el canto de su amor por su viña”, pero rápidamente se convierte en una reprensión del Señor al pueblo elegido. El propietario preparó minuciosamente el terreno: lo cercó, lo limpió de piedras, plantó cepas selectas, erigió una torre y construyó un lagar. La preparación exhaustiva evidencia el cuidado tierno de Dios por Israel.

El disgusto divino no proviene de la falta de inversión, sino de la perversión del resultado: “esperaba que diese uvas buenas, pero dio uvas silvestres”. En el versículo final, el profeta explicita la metáfora: la viña es la casa de Israel, de quien Dios esperaba frutos de justicia y bondad, cosechando, en contrapartida, iniquidad e injusticia. Más actual imposible: esperaba rectitud, pero solo hay sangre derramada.

El Salmo 79 trata del drama de la viña abandonada. El salmista recuerda la acción liberadora inicial: “Sacaste una vid de Egipto” y lamenta la desolación actual, con cercas derribadas y animales que devastan la plantación. El refrán central sintetiza la identidad del pueblo: “La viña del Señor es la casa de Israel”. El texto concluye con un pedido de auxilio a la conversión: “Conviértenos, Señor, Dios del universo… ¡Muéstranos tu rostro y seremos salvos!”.

En la Segunda Lectura, la Carta de San Pablo a los Filipenses (Flp 4, 6-9), vemos que, en contraste con la severidad del juicio sobre la viña infructuosa, ofrece un manual práctico para la vida cristiana auténtica. El Apóstol nos exhorta a abandonar la ansiedad y sustituirla por la oración permanente. Además, Pablo enumera las gracias que el Señor nos concede:

a) Tranquilidad Interior: La promesa de que la paz de Dios custodiará corazones y mentes en Cristo Jesús;

b) Directriz Moral: Ocupar el pensamiento con todo lo que es verdadero, respetable, justo, puro, amable y honroso; y

c) Testimonio Práctico: Practicar las enseñanzas apostólicas como garantía de la presencia del Dios de la paz.

El Evangelio de Mateo (Mt 21, 33-43) nos trae la parábola de los viñadores homicidas. En el texto, el evangelista profundiza la metáfora de la viña introducida por Isaías, transformándola en esta parábola. El señor arrienda la viña y se va de viaje. Al tiempo de la cosecha, envía a sus siervos para recoger los frutos, pero estos son golpeados, apedreados y asesinados por los arrendatarios rebeldes. Por último, el propietario envía a su propio hijo, creyendo que lo respetarían, pero los viñadores deciden matarlo para apoderarse de la herencia.

Trayendo a la luz de nuestra interpretación, los empleados maltratados simbolizan a los profetas del Antiguo Testamento rechazados por Israel. El hijo enviado representa al propio Cristo, cuyo sacrificio en la cruz fue rechazado por las autoridades religiosas de la época. Y Jesús sintetiza todo citando el Salmo 118: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. El rechazo humano no frustra el plan salvífico de Dios, sino que lo reconfigura soberanamente.

Analizando el conjunto de las lecturas de este domingo, percibimos un claro llamamiento a la responsabilidad y a la conversión de frutos. Dios concede todas las gracias necesarias para que florezcamos espiritualmente, rodeados por la providencia divina y guiados por Su Palabra.

La advertencia de Cristo en el Evangelio —de que el Reino de Dios será entregado a un pueblo que produzca sus frutos— nos sirve como una alerta. Ser parte de la “viña del Señor” por el bautismo o privilegio histórico no garantiza la salvación automática si faltan obras de justicia, rectitud y amor citadas por Isaías y Pablo.

En este día 4 de octubre, en que la Iglesia también recuerda figuras luminosas de entrega total a Dios (como San Francisco de Asís), la liturgia nos convoca a examinar nuestros frutos. Para nuestra reflexión:

¿Qué clase de viñador soy yo?

“¿Aquel que produce uvas silvestres de egoísmo e insensibilidad ante el otro, o uvas dulces de caridad y virtud?”

Aderson Castro

04/10/2026

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