Este domingo nos trae una parábola de Jesús que solo encontramos en el texto del Evangelio según San Mateo. La enseñanza por medio de parábolas era una de las marcas del estilo de Jesús al hablar al pueblo. Las “parábolas” son pequeñas historias que quedan fácilmente grabadas en la memoria de quien las escucha y que contienen en sí una enseñanza de vida. Al leer los Evangelios, encontramos muchos ejemplos de parábolas contadas por Jesús; la mayor parte de ellas aparece en los textos escritos por más de un evangelista. La de hoy, sin embargo, es exclusiva del evangelio narrado por San Mateo. Pero, antes de llegar a este texto, veamos un poco el conjunto de los textos que la liturgia de este domingo nos presenta.
La Primera Lectura de hoy está tomada del libro del profeta Ezequiel. Se trata de una lectura corta, pero que contiene una enseñanza densa. El pueblo andaba criticando al Señor, y este responde con una interrogación: “¿Es mi conducta la que no es correcta, o más bien es la conducta de ustedes la que no es correcta?” (Ez 18,25). A continuación, el Señor explica lo que está en juego: cuando un justo se desvía y practica el mal, muere; y cuando un malvado se arrepiente y practica el derecho y la justicia, conserva la vida. Sigue, entonces, la enseñanza: quien se arrepiente de sus pecados vivirá, no morirá.
La Segunda Lectura da un paso adelante con respecto a la lectura anterior. San Pablo, escribiendo a los Efesios, ya no les pide solo que se arrepientan de sus pecados. Él les propone algo más… Ya no se trata solo de pedir perdón por los propios pecados, sino de vivir de otro modo, de tener otros parámetros de vida. Lo que Pablo propone a los cristianos de Éfeso es pensar más en el otro que en uno mismo, buscar el bien del otro antes que el bien propio. Para vivir esto, propone a los cristianos de Éfeso en los primeros tiempos de la Iglesia —así como a nosotros hoy, en estos nuestros tiempos de hoy— fijar nuestra mirada en Jesús: “Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que existen en Cristo Jesús” (Flp 2, 5).
Pablo conoce bien nuestra realidad humana. Sabe lo difícil que es descentrarnos de nosotros mismos y poner “al otro” en el centro de nuestras preocupaciones y de nuestras búsquedas. Nos da algunos consejos importantes en este sentido: “…Vivan en armonía, buscando la unidad. No hagan nada por rivalidad o vanagloria; al contrario, con humildad, que cada uno considere que el otro es más importante, y no busque solo su propio interés, sino también el de los demás” (Flp 2, 2-4). En nuestro día a día, no siempre es fácil seguir estas recomendaciones, ¿verdad? Y, sin embargo, así es como deberíamos hacer por el hecho de ser cristianos…
En el Evangelio de este domingo, es Jesús quien cuenta una parábola. El pueblo estaba acostumbrado a este tipo de enseñanza, que venía como “envuelta” en una historia tomada de la vida. Este domingo, la parábola que vamos a escuchar es la del padre que tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve a trabajar hoy en la viña”. Pero el hijo respondió que no iría. Solo que, después, pensándolo bien, pensó que debía ir, y fue… El padre habló entonces con el segundo hijo e hizo el mismo pedido. Este hijo respondió: “Sí, señor”. Pero no fue…
Vamos a intentar “entrar en la historia” que Jesús contó. El padre de la parábola es Dios, nuestro Padre. A cada uno de sus hijos e hijas —que somos todos nosotros— el Padre le confió una tarea, una misión. Ahora, mirémonos a nosotros mismos, a nuestra vida, a nuestros objetivos, a lo que queremos realizar. ¿Cuál habrá sido esta invitación que Dios le hizo a cada uno de nosotros para que la realizáramos en nuestra vida? ¿Y cuál habrá sido nuestra respuesta?…
¿Será que, como el primer hijo, dijimos “No… No quiero… No voy… No voy a entrar en eso…”? Pero, después, ¿quién sabe?… Reflexionando mejor… ¿Acabamos al fin aceptando la propuesta y asumiendo lo que el Padre nos pedía?
¿O será que, como el segundo hijo, nuestra primera respuesta habrá sido decir alegremente: “Sí… ¡Qué bien!… Yo voy…”? Sin embargo, al pensar en los otros planes que teníamos, ¿nuestra voluntad “se marchitó” y acabamos dejando de lado la invitación del Padre?…
¿A cuál de los dos hijos nos parecemos más?… La parábola que la liturgia de hoy nos propone hace reflexionar. La respuesta a la interrogante que podemos hacernos tal vez esté en las palabras que la liturgia nos invita a rezar este domingo.
La Oración Colecta empieza con las siguientes palabras: “Oh Dios, que manifiestas tu poder sobre todo en el perdón y la misericordia…” Sí, cuántas veces, a lo largo de la vida, hemos tenido la experiencia del poder y de la misericordia de Dios… Cuántas veces percibimos un llamado, una llamada a mejorar nuestra manera de relacionarnos con los demás; hicimos incluso algún esfuerzo en este sentido, pero, después de algún tiempo, dejamos el esfuerzo de lado y volvimos a ser como éramos antes… O, tal vez, ni quisimos escuchar este llamado y nos cerramos en nosotros mismos por un tiempo, hasta darnos cuenta de que necesitábamos, en verdad, cambiar algo en nuestra vida… Sí, cuántas veces necesitamos contar con el perdón y la misericordia de Dios…
Lo que nos da fuerzas es saber que Dios nunca nos niega su misericordia y su perdón. Por eso, la Oración de este domingo continúa con las siguientes palabras: “… derrama sobre nosotros tu gracia, para que, corriendo al encuentro de tus promesas, merezcamos participar de los bienes celestiales.” ¡Que esta sea nuestra esperanza!
Hermana Regina Cavalcanti



