Estamos celebrando una hermosa fiesta hoy: la fiesta de Todos los Santos. A lo largo del año, sobre todo en el tiempo litúrgico llamado Tiempo Ordinario, que va desde la fiesta de Pentecostés hasta el comienzo del Adviento, hay varias fiestas de santos. Son los santos conocidos… La historia de sus vidas —algunas de ellas con bastante detalle— ha llegado hasta nosotros. Algunos de ellos dejaron escritos que podemos leer hasta hoy. Después de su muerte se convirtieron en nuestros intercesores ante Dios, y conocemos algunos milagros, frutos de esta intercesión. Muchos de nosotros tenemos devoción a algunos de estos santos y la Iglesia los festeja en fechas propias.
Pero hay miles y miles de santos y santas junto a Dios que son “santos anónimos”, cuyos nombres e historias de vida no conocemos. Estos son los que festejamos, todos juntos, en la fiesta de Todos los Santos. La liturgia de esta fiesta nos trae signos y mensajes sobre los cuales vamos a intentar reflexionar.
La Primera Lectura nos presenta una visión grandiosa, narrada en el libro del Apocalipsis. La lectura del libro del Apocalipsis parece difícil para muchas personas porque está escrito en un lenguaje cifrado. Las primeras comunidades cristianas sabían descifrarlo, pero los no cristianos no dominaban esta clave de lectura que permitía leer, a través de figuras e imágenes, un mensaje de esperanza y un llamamiento a la resistencia ante las persecuciones. Todo el libro del Apocalipsis es, de hecho, un mensaje de ánimo y esperanza para los cristianos en tiempos de gran prueba. Las persecuciones contra los cristianos se extendieron a lo largo del Imperio Romano. Aquellos que supieron resistir al miedo y al dolor son los mártires, que aparecen mencionados en esta primera lectura de la fiesta de hoy. “¿Sabes quiénes son y de dónde han venido estos que están vestidos con vestiduras blancas? (…) Son los que vienen de la gran tribulación. Han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero” (cf. Ap 7, 13-14).
Como completando el mensaje de la primera lectura, el Salmo (23) viene a afirmarnos que no solo los mártires están ante Dios compartiendo su felicidad y gloria. Otros, por caminos diferentes, llegaron también a la santidad, a la felicidad eterna: “¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en su recinto sacro? El de manos limpias y puro corazón, que no confía en los ídolos ni jura con engaño. Este recibirá la bendición del Señor, y de su Dios salvador recibirá la justicia. Esta es la generación de los que buscan al Señor, de los que buscan tu rostro, oh Dios de Jacob” (Sal 23, 3-6).
La Segunda Lectura nos afirma que el camino de la santidad es vivir como hijos e hijas de Dios. Por eso, podemos afirmar que, desde nuestro Bautismo, ya estamos en el camino de la santidad… Sí, es él quien nos coloca en este camino, al cual todos somos llamados. En el Bautismo recibimos la gracia de Dios. Dios mismo viene a habitar en nosotros, a morar en nosotros. Quien está en estado de gracia, está en estado de santidad… Nos corresponde a nosotros mantenernos en este estado, pues la voluntad de Dios es que todos sus hijos e hijas sean santos y puedan vivir con Él, para siempre, en la gloria eterna.
Los criterios de Dios, los valores que la Palabra nos muestra, no son los mismos criterios que tiene mucha gente. Por eso, quien los vive muchas veces es desvalorizado, ridiculizado y en ocasiones hasta perseguido. Pero quien vive según estos criterios sabe que está viviendo según la gracia de su Bautismo y haciendo la voluntad de Dios. Y esto nos lleva a la santidad. Dios nos quiere santos… Ser santo nos lleva a vivir, con valentía y alegría, a la “contra” de los criterios seguidos por mucha gente. No debemos tener miedo a la santidad. Tengamos, sí, el deseo de vivirla.
Llegamos, entonces, al Evangelio. Este texto es llamado el de “las bienaventuranzas”, y forma parte del gran “Discurso de la Montaña”, un texto que presenta varias enseñanzas de Jesús sobre cómo debe ser la vida de los hijos e hijas de Dios. Quien lee por primera vez el texto de las bienaventuranzas se siente al mismo tiempo encantado y cuestionado… Encantado por la belleza que contiene en sí mismo y por su capacidad de atracción, dándonos el deseo de vivirlo; y cuestionado, porque las afirmaciones de Jesús contrarían la mentalidad de la gran mayoría de las personas…
El texto se llama “de las bienaventuranzas” porque Jesús hace en él varias afirmaciones, comenzando siempre con las palabras “Bienaventurados los que…”. “Bienaventurados” es una palabra no muy usada en el lenguaje común. Su sentido es “felices”. Y ahí reside lo que a algunos choca en las palabras de Jesús: llama “felices” a las personas que viven situaciones difíciles, penosas la mayoría de las veces —los que tienen hambre y sed de justicia, los pobres, los que lloran, los que son perseguidos…—. ¿Cómo pueden estas personas ser “felices”?
Una interpretación de las Bienaventuranzas de la cual debemos huir es la que dice que, por sufrir, y sufrir mucho, estas personas serán recompensadas y por eso son felices. No, no fue eso lo que Jesús dijo… Dios no quiere el sufrimiento de nadie… El Padre, el Dios que Jesús anunció, ama a sus hijos e hijas sin distinción y quiere ver a todos felices. Lo que las Bienaventuranzas, o mejor dicho, lo que toda la liturgia de la fiesta de hoy nos dice es que la manera de reaccionar, asumir y vivir los sufrimientos que la vida normal nos trae es lo que es recompensado por Dios. Jesús nos muestra el camino para vivir felices con Dios por toda la eternidad, es decir, para vivir en santidad. El secreto para llegar a ser santos es pautar nuestra vida por los criterios de Dios. La felicidad estará con nosotros desde ya, porque estaremos viviendo una vida plena.
El camino que Jesús nos señala es un camino personal. Hay caminos diferentes para llegar a la santidad, pero todos ellos tienen en común el hecho de que las personas que están en él buscan siempre realizar la voluntad de Dios.
Hace algunos años, el Papa Francisco escribió una carta a toda la Iglesia hablando de este llamado a la santidad que Dios hace a cada uno de nosotros. Entre otras cosas, dice: “Para ser santo no es necesario ser obispo, sacerdote, religioso o religiosa. Muchas veces nos tienta pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allá donde cada uno se encuentra. ¿Eres un consagrado o una consagrada? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y cuidando a tu marido o a tu esposa, como Cristo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honestidad y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, madre, abuelo o abuela? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales.” (Papa Francisco, Exhortación Apostólica ‘Gaudete et Exsultate’ sobre el llamado a la santidad en el mundo actual, nº 14).
Como dice el Papa, “todos estamos llamados a ser santos, viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde estamos”. Que esta fiesta de hoy sea para nosotros un estímulo para dejarnos seducir por el llamado a la santidad, dirigido a todos nosotros. Y que un día esta fiesta sea también nuestra.
Hermana Regina Maria Cavalcanti



