Desde el mes de junio, estamos electrizados por la Copa… Este fenómeno ocurre de cuatro en cuatro años, cada vez que se celebra una Copa del Mundo… Entonces, no importa dónde se esté realizando, las tribunas se llenan de verde y amarillo… En los días de partido, especialmente cuando la Selección está en la cancha o cuando juegan los posibles adversarios de nuestros “canarinhos”, los bares se llenan, las playas y las calles se vacían, los televisores están todos encendidos… Parece como si la ciudad entera aplaudiera y gritara o soltara un “ohhhh…” de angustia cuando metemos un gol o sufrimos uno… Una Copa une al país. Literalmente, nos vestimos con la camiseta de nuestra Selección.
Nuestros jugadores lo están haciendo muy bien, y nos enorgullecemos de las victorias que están consiguiendo. Pero juego es juego… Cuando nos emocionamos escuchando el Himno al inicio de cada partido, sabemos que la victoria solo llegará si hay unión, empeño, si cada uno da lo mejor de sí… y también un poquito de suerte, errores del otro lado, esas cosas que a veces hacen de un partido algo totalmente impredecible… Pero nuestra Selección va bien, creciendo en cada encuentro: creciendo en confianza, en compenetración, en espíritu de equipo. Y la afición está cumpliendo con su papel, incentivando, apoyando, empujando al equipo hacia adelante.
Viendo los partidos de la Copa y apoyando juntos, pasando por los sustos y por las alegrías, por los momentos de angustia y por los de alivio, comencé a pensar que la vida es un poco como la Copa. Nuestra familia, nuestro círculo de amigos, nuestra comunidad, son como un equipo en el que cada persona tiene un papel que desempeñar, una misión que cumplir. Y este papel, esta misión, son muy importantes para todo el grupo. En la medida en que nos empeñamos con ahínco en cumplir, y cumplir bien, este papel, esta misión, caminamos hacia la victoria. Pero si no lo hacemos, tendremos, muy probablemente, una derrota. Y nadie quiere eso…
Toda vida humana tiene sus momentos difíciles. Si hacemos una retrospectiva de nuestra propia vida, identificaremos momentos de crisis, de dificultades más o menos fuertes, de problemas que necesitaron ser superados, de tristezas que tal vez hasta hoy cargamos en el corazón. ¿Cómo fue que logramos superar todas estas situaciones? ¿Qué fue lo que nos dio fuerzas para atravesar estos momentos?
Para algunas personas, fue tal vez el apoyo de alguien cuya amistad nos dio fuerzas. Para otras, fue el ejemplo de personas que, aun pasando por situaciones parecidas a las que vivimos, encontraron fuerzas para superar los momentos negativos. Para otras más, fue la fe en la presencia y en la acción de Dios en nuestras vidas, pues Él no abandona a quien en Él se confía. En cualquiera de estos casos, encontramos “tablas de salvación” que no nos dejaron ser vencidos y nos ayudaron a mantener la cabeza por encima del agua que amenazaba con ahogarnos.
Santa María Eugenia también nos ofrece algunas “tablas de salvación”. Sus palabras, sus pensamientos, sus consejos de vida nos ayudan a encontrar el buen camino cuando aparecen las dificultades. Veamos algunos de estos consejos y guardemos en el corazón aquel, o aquellos, que más nos puedan ayudar:
“Aceptar todas las cosas por el lado en que nos llevan al Reino y al amor de Jesús Creo. Buscar decir a todos algo que lleve a establecer ese Reino y ese amor” (Santa María Eugenia, anotaciones personales nº 234/1, año 1878).
“Que el Evangelio se convierta en la norma y la ley de nuestros juicios, pensamientos, sentimientos en relación con Dios, con las criaturas, con nuestros hermanos” (Santa María Eugenia, Instrucción a las Hermanas, 14/06/1874).
“Dios es el amigo que conoce nuestras alegrías y dolores y que comprende todas nuestras emociones. Si las personas pueden conmoverse hasta las lágrimas ante el sufrimiento de otra criatura, cuánto más Dios, que es nuestro Padre y nuestro Creador, y que acompaña a cada uno de nosotros con mucho más amor” (Santa María Eugenia, Instrucción a las Hermanas, 28/12/1879).
En los escritos de Santa María Eugenia encontramos muchos otros pasajes en los que nos alienta a superar los momentos difíciles sin dejarnos llevar por el desánimo, la rabia o el deseo de venganza. Paciente e insistentemente, busca llevarnos a vivenciar aquello en lo que creemos. Al fin y al cabo, ¿no somos cristianos, cristianas? ¿No recibimos la gracia de Dios en nuestro corazón? ¿Y acaso no nos alimentamos con el Cuerpo y la Sangre de Jesús cada vez que comulgamos?
Contando con que hayamos respondido con sinceridad “SÍ” a estas tres preguntas, Santa María Eugenia apela a nuestra fe. Si somos realmente cristianos, queremos que el Reino de Dios se establezca en nuestra vida y en toda la humanidad. Si somos realmente cristianos, queremos hacer del Evangelio la norma de nuestra vida. Si somos realmente cristianos, confiamos en Dios, nuestro Padre, que nos conoce en lo más profundo de nosotros mismos y nos ama con ternura.
Santa María Eugenia “apoya” a nuestro equipo. Ella quiere que cada uno y cada una de nosotros llegue a donde ella ya está. Para que alcancemos esta victoria, nos incentiva, nos “entrena”, nos muestra el camino… Sigamos sus consejos, guardemos sus palabras. Si lo hacemos con perseverancia, ¡podremos tener la alegría de estar en camino a ganar la COPA DE LA VIDA!
Irmã Regina Maria Cavalcanti.



