18 DE ENERO DE 2026
Caminamos en la estrada de Jesús
Estamos vivenciando el inicio del nuevo Año Litúrgico, el Tiempo Ordinario. Seremos sumergidos en la memoria de la Pascua de Jesús, acompañando los misterios de su vida que celebraremos durante el año.
La primera lectura (Isaías 49,3.5-6) nos trae la historia de la vocación de un “siervo de Yahvé”, elegido por Dios desde el seno materno para ser luz de las naciones y llevar la salvación de Dios hasta los confines de la tierra. Consciente de que Dios lo sustenta con su fuerza, el siervo se dispone a cumplir la misión que le es confiada.
El texto de Isaías, del “Libro de la Consolación”, el profeta ejerce su misión profética en Babilonia, en la fase final del Exilio, entre 550 y 539 a.C. Había pasado algunas decenas de años, cuando Nabucodonosor había destruido Jerusalén y llevado para el cautiverio gran parte de los habitantes de Judá. Los judíos cautivos sentían que el tiempo iba pasando y la liberación anunciada por Ezequiel y otros profetas no sucedía. Dios, entonces, envía a Isaías para anunciar a los exiliados y desanimados con palabras de esperanza. El profeta va a hablar de la aproximación de la liberación y anunciar, también, la reconstrucción de Jerusalén, la ciudad que la guerra había reducido a cenizas, pero Dios va a hacer regresar al pueblo en la alegría y en la paz.
En este cántico, el siervo de Yahvé manifiesta la conciencia de que es un elegido de Dios desde el primer instante de su existencia. Si el siervo del cántico es Israel, la expresión hace referencia a la elección y a la Alianza: Dios eligió a Israel entre todos los pueblos de la tierra, inició con él un diálogo, le reveló su rostro, lo constituyó como pueblo, lo liberó de la esclavitud de Egipto, lo condujo a través del desierto y estableció con él una relación especial de comunión y de Alianza.
La misión del siervo no se agota en la reunión de los hijos de Abraham y en su reconducción a Dios: “voy a hacer de ti la luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta los confines de la tierra”. Israel debe dar testimonio de la salvación de Dios y hacer que esa propuesta llegue a los hombres y mujeres de toda la tierra. El siervo, con su testimonio, será una luz que brillará en medio del mundo y que iluminará el mundo con la gloria de Dios.
El relato de la vocación del siervo de Yahvé que la liturgia de este domingo nos ofrece, nos recuerda que en el origen de la vocación está siempre Dios: es Él que elige, que llama y que confía a cada persona una misión.
En la segunda lectura (1Corintios 1,1-3), Pablo recuerda a los cristianos de la ciudad de Corinto que todos son llamados a cumplir la misión que Dios les destina. Pablo, llamado por Dios a ser apóstol de Jesucristo, irá a anunciar el Evangelio en todo lugar; los corintios, llamados a la santidad, deberán vivir de forma coherente con la vida nueva que asumieron el día en que se comprometieron con Jesús y con el Evangelio.
Como resultado de la predicación de Pablo, nació la comunidad cristiana de Corinto. La mayor parte de los miembros de la comunidad eran de origen griego, aunque en general, de condición humilde. Pablo escribió su primera Carta a los Corintios cuando estaba en Éfeso, en el decurso de su tercera viaje misionera. El apóstol tuvo conocimiento de noticias alarmantes, llegadas de Corinto, que daban cuenta de problemas graves en la comunidad: divisiones, conflictos y diversos escándalos.
Los corintios, por su parte, son una comunidad de llamados por Dios a la santidad. En el lenguaje paulino, santos son todos aquellos que acogieron la propuesta libertadora de Cristo y que abrazaron la salvación de Dios. Separados del mundo viejo del egoísmo y del pecado, los que se adhirieron a Jesús eligieron abrazar la vida del hombre nuevo y se dispusieron a vivir para el servicio de Dios. Pablo, mientras apóstol de Dios, se siente en la obligación de recordar a los cristianos de Corinto que deben vivir de forma coherente con la vocación a la que fueron llamados.
Pablo recuerda a los cristianos de Corinto – y a nosotros también – que todos los bautizados son llamados a la santidad. Lo que significa, sobre todo, vivir de forma coherente con la vida nueva que asumimos el día en que fuimos bautizados, el día en que nos comprometimos en el seguimiento de Jesús; significa abandonarnos las obras de las tinieblas y pasarnos a vivir en la luz, como personas nuevas, animadas por el Espíritu.
En el Evangelio (Juan 1,29-34) Juan Bautista presenta a Jesús: Él es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, el Hijo de Dios que posee la plenitud del Espíritu y que viene a bautizar en el Espíritu. Jesús recibió del Padre la misión de ofrecer a todos la vida nueva de Dios; e irá a cumplirla con fidelidad. Nosotros, los que nos aproximamos de Jesús y que decidimos seguirlo, continuamos la obra de Jesús: somos enviados a llevar al mundo la salvación de Dios.
La principal preocupación del autor es presentar la figura de Jesús. Juan Bautista tiene un lugar especial en este escenario de presentación de Jesús. Su testimonio aparece en el inicio y en el final, como si su testimonio fuese decisivo. De hecho, la catequesis cristiana siempre vio a Juan Bautista como el precursor del Mesías, aquel que Dios envió para prepararnos para acoger a Jesús. Con eso, él sugiere que el testimonio de Juan es perenne, dirigido a los hombres y mujeres de todos los tiempos y con eco permanente en la vida cristiana.
Cuando Jesús viene al encuentro de Juan, es Juan que lo presenta al mundo. El momento en que Jesús irrumpe en la historia y es presentado a aquellos que lo esperan ansiosamente es el momento de la transición del tiempo de la antigua Alianza para el tiempo de la nueva Alianza. Comienza el tiempo del Mesías.
La catequesis sobre Jesús aquí, se expresa a través de tres afirmaciones con un profundo significado teológico: Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; Jesús es el Hijo de Dios que posee la plenitud del Espíritu; Jesús es Aquel que viene a bautizar en el Espíritu.
La primera afirmación, por un lado, evoca la imagen del siervo sufriente, el cordero llevado para el matadero que entregó su vida a la muerte y sufrió por los pecados de su pueblo; por otro lado, evoca la imagen del cordero pascual, el símbolo de la acción libertadora de Dios en favor de Israel en la noche en que los hebreos salieron de la esclavitud de Egipto y comenzaron su peregrinación hacia la Tierra Prometida.
La segunda afirmación – Jesús es el Hijo de Dios que posee la plenitud del Espíritu Santo. Jesús es el Hijo de Dios que posee la plenitud de la vida del Padre, toda la riqueza del Padre, todo el amor del Padre.
La tercera afirmación – Jesús es Aquel que va a bautizar en el Espíritu – se refiere a la concretización de la misión de Jesús: Él irá a comunicar el Espíritu de Dios y, de esa forma, transformarlos en hombres nuevos, que viven bajo el dinamismo del Espíritu. Los que estuvieren dispuestos a adherirse a Jesús y a acoger sus propuestas, recibirán el Espíritu de Dios y conocerán la vida plena.
Juan Bautista, el presentador oficial de Jesús, nos dice que Jesús es “el Cordero de Dios que vino a quitar el pecado del mundo”. Según Juan Bautista, Jesús vino a bautizar en el Espíritu. A todos aquellos que se dispusieren a acoger su propuesta, Jesús comunica la vida de Dios, la fuerza de Dios, el amor de Dios.
Hermana Doracina Rosa Cruz



