Año A
Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?
La liturgia de este domingo tiene como tema central el Amor, que constituye la esencia de la vida cristiana. El Evangelio nos dice que toda revelación de Dios se resume en el amor: amor a Dios y amor a los hermanos, dos mandamientos íntimamente ligados que, además de complementarse entre sí, constituyen la base de las demás enseñanzas.
La primera lectura nos muestra el amor compasivo de Dios por los más débiles y oprimidos que vivían situaciones de injusticia y arbitrariedad, sin la menor dignidad, como era el caso de las viudas, huérfanos y extranjeros.
En la segunda lectura, Pablo relata la experiencia de la comunidad de Tesalónica, ciudad griega, que abrazó la vida cristiana y ayudó a difundirla en la región, a pesar de las persecuciones y hostilidades sufridas.
Comencemos por el Evangelio de este domingo, Mt 22, 34-40, donde Mateo relata los últimos días de Jesús y los fariseos, ya decididos a condenarlo, buscan argumentos que los justifiquen. Así pues, preguntan a Jesús cuál es el gran mandamiento de la Ley, dado que eran muchos los preceptos y reglas a observar dentro del judaísmo. Jesús respondió que toda la propuesta de Dios a los hombres consistía en el amor a Dios y en el amor al prójimo. La respuesta de Jesús tiene relación con la propia experiencia de Israel de tener el amor como fundamento de la fe: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”.
La originalidad de la propuesta de Jesús es emparejar estos dos mandamientos, colocándolos como caras de la misma moneda, ya que amar a Dios significa escucharlo y cumplir su proyecto de amor, que se concreta en el servicio a los hermanos. Durante todo su caminar, Jesús no se preocupaba solo por el cumplimiento de rituales litúrgicos, sino por servir y ayudar a los más necesitados. Su vida se orientó a la obediencia y discernimiento de la voluntad del Padre, siendo un gran ejemplo de entrega a los hermanos. Especificando un poco más, “amar al prójimo como a uno mismo” implica amar de todo corazón, sin distinción ni condicionamientos.
La palabra “amor” y su significado han sido bastante banalizados a lo largo del tiempo. Es preciso rescatar la sacralidad del amor. Cuando decimos que Dios es amor, afirmamos que toda acción de Dios es creativa y activa; es una fuente de vida porque Él lo creó todo: el mundo, la naturaleza y la humanidad como regalo y gracia. Al enviar a su Hijo al mundo, gran gesto de amor por el pueblo de Israel, quiso enseñarnos que el amor es servicio, presencia y donación.
El amor —ágape— que Dios nos tiene es totalmente gratuito y desinteresado; Dios nos invita a participar de esta propuesta de vida y nos corresponde a nosotros optar libremente si queremos o no corresponder a ella. El llamado de Dios no configura una orden o una imposición, sino una invitación a compartir ese amor que ciertamente iluminará y transformará nuestra existencia.
Dado que es infinito y gratuito, el amor de Dios se extiende a todos los seres humanos, sin distinción y sin implicar merecimiento. Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, teniendo así el amor grabado en nuestros corazones. En otras palabras, Dios habita en nosotros. Nuestra tarea es acceder a esa fuente creativa para que sea siempre actualizada y pueda guiar y transformar nuestra vida. El amor evoca energía, actitud y sentimientos positivos como solidaridad, compasión, empatía, amistad; en definitiva, movimiento hacia el otro. Desde esta perspectiva, crecemos y maduramos como personas y como cristianos si nos abrimos a nuestros hermanos y buscamos el bien común. Nos volvemos personas más completas si practicamos la justicia, el respeto, la escucha y la comprensión de nosotros mismos y de nuestros hermanos.
Es aquí donde reside nuestro gran desafío: salir de nuestra esfera individual e ir hacia el otro. Este movimiento requiere despojarnos de nuestros intereses y hacer una opción profunda de vida.
La primera lectura, Éx 22, 20-26, nos trae un fragmento del Código de la Alianza, el cual relaciona conductas sociales que debían regir la vida del Pueblo de Dios. El texto habla de la atención y el cuidado que debían tener con los grupos marginalizados y necesitados de la sociedad, tales como huérfanos, viudas y extranjeros. En el contexto actual, vivimos situaciones de prejuicio y discriminación, sobre todo hacia los migrantes que se vieron obligados a dejar sus países de origen por dificultades políticas y económicas.
En la segunda lectura, 1 Tesalonicenses 1, 5c-10, Pablo relata la acogida y el entusiasmo de la comunidad por el Evangelio, a pesar de la presión contraria ejercida por los judíos y las autoridades locales. La fuerza de la comunidad proviene de su unión en torno a la fe, creando lazos entre las personas y proporcionando ayuda mutua para el crecimiento espiritual. Así debemos vivir nuestra fe, teniendo el Evangelio como referencia y compartiéndolo con los hermanos. De ahí viene la fuerza del amor, mandamiento fundamental para nosotros, los cristianos: expresión de nuestro corazón que va mucho más allá de la obediencia a la ley.



