“Mamá, ¿por qué dijiste que Doña María ganó una vida nueva? ¿Se va a convertir en bebé y empezar a crecer de nuevo?”, preguntó la niña, que estaba atenta a la conversación de su madre con la vecina. Poniendo la mano cariñosamente en el hombro de la niña, la madre respondió: “No, hija mía, Doña María no se va a convertir en bebé. Es que estaba muy enferma y fue operada. El doctor sacó de dentro de ella lo que hacía que se enfermara, y ahora se va a poner bien. Ella va a poder hacer de nuevo lo que hacía antes, pero que no podía en estos últimos tiempos porque estaba en cama. Por eso dije que ganó una vida nueva”.
Vida… todos nosotros solo tenemos una… Todos nacemos un día; crecemos; tomamos un rumbo y nos convertimos en lo que somos hoy. Pero sabemos que esta vida no durará para siempre… Ya fuimos niños, jóvenes… Hoy somos adultos… Pero envejecemos un poco cada día, y sabemos que un día esta vida termina.
Pero sucede que el corazón humano tiene sed de vivir para siempre. Cuando Dios creó al ser humano, colocó esta sed en lo más profundo de nosotros y nos dio la posibilidad de saciarla. La grandeza del ser humano está en que fuimos creados para vivir eternamente… Todos nosotros, seres humanos, somos cuerpo y espíritu, un cuerpo animado por un alma. Nuestro cuerpo se desgasta a lo largo de los años, pero nuestra alma vive para siempre. Y aunque la muerte, por la cual todos pasaremos, sea la separación entre cuerpo y alma, los dos están llamados a reencontrarse y vivir nuevamente juntos por toda la eternidad. Es en esto en lo que creemos. Profesamos esta fe cada vez que rezamos el “Creo”. La próxima vez que reces esta oración, presta atención a sus últimas palabras, que son las siguientes: “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna. Amén”. Sí, raramente pensamos en esto, pero esta afirmación es parte de nuestra fe. Si somos cristianos, creemos que Jesús está vivo, en su cuerpo humano, junto a Dios Padre, así como María, Madre de Jesús y nuestra Madre también. Y, un día, nosotros también estaremos así.
Estamos viviendo el Tiempo de Pascua. La liturgia de este tiempo habla de la alegría de los discípulos al ver a Jesús Resucitado. La muerte no tuvo dominio sobre él. ¡Jesús venció a la muerte: él está vivo, resucitado! Esta era la gran novedad que los apóstoles anunciaban al pueblo: ¡Él está vivo!
Tal era la fuerza de esta proclamación, de este anuncio, que muchas personas, cuando lo oían, se hacían también seguidoras de Jesús, se hacían cristianas. Ser cristiano es ser seguidor de Jesús, es creer en las palabras que él nos dejó, es pautar su propia vida por las palabras y enseñanzas de Jesús. Y él prometió que aquellos que lo siguieran estarían con él para siempre.
Detengamos por un minuto nuestra lectura y preguntémonos: ¿Será que estoy siendo realmente un(a) verdadero(a) seguidor(a) de Jesús? ¿Hasta qué punto he procurado vivir según las enseñanzas que él nos dejó? ¿Conozco verdaderamente los evangelios, que nos relatan lo que Jesús hizo y enseñó?
Siempre podemos convertirnos en personas mejores, ¿no es verdad? Todos tenemos nuestros “puntos débiles”, aquellas tendencias o modos de actuar que no combinan muy bien con lo que Jesús pide a sus seguidores… Pero eso no nos debe asustar. Jesús conoce nuestra realidad humana. Él conoce nuestras luchas, nuestro deseo de crecer como personas, de ser mejores de lo que somos hoy. Y él está listo para ayudarnos en este proceso de cambiar de vida.
Pero, ¿qué es “cambiar de vida”? ¿Qué viene a ser vivir una “vida nueva”? Una de las grandes maravillas que tenemos como personas humanas es la capacidad de decidir qué rumbo dar a nuestra vida. Quien vivía lejos de Dios, lejos de las enseñanzas de Jesús, y de repente lo encuentra y se hace su seguidor, pasa a vivir una “vida nueva”. Pero no todas las personas pasan por un cambio tan radical. Ya somos cristianos, cristianas, seguidores de Jesús; pero, a veces, no prestamos mucha atención a las palabras que él nos dejó. Y, de repente, sentimos la necesidad de cambiar, de ser más auténticos en nuestro seguimiento de Jesús. Y cambiamos nuestra manera de ser, asumimos una “vida nueva”. Y esto puede suceder más de una vez a lo largo de nuestra vida…
¿Y cómo vivir este cambio? Vamos a recurrir a nuestra Maestra de Vida, Santa María Eugenia, y escuchar lo que ella nos dice: “La fiesta de la Pascua debería ser para nosotros una sucesión de renovaciones en nuestra vida, de tal manera que, cada año, esta fecha marque el inicio de una vida nueva” (1864). “Para nosotros, el progreso implica trabajo (…) Nuestro Señor habita en nosotros por la gracia (…) Su vida debe manifestarse cada vez más en nosotros, avanzando todos los días, haciendo cada día algún progreso. Es en este sentido que es necesario trabajar” (27/01/1878). “No nos aflijamos cuando tengamos alguna dificultad, algún sacrificio, algún esfuerzo que hacer; sepamos ir adelante, teniendo ante los ojos a Jesús y a María” (21/10/1877). “Durante esta vida, es transformación. Miren a la oruga, antes de convertirse en mariposa… A nadie le gusta mirar a una oruga. Pero, dentro de poco, será una linda mariposa. Que así sea también con nosotros” (16/04/1871). “Que sea esta la alegría de la Pascua, una alegría profunda que transforma” (13/04/1879).
Trabajemos, por lo tanto, para renovarnos. Que esta renovación sea vivida en la alegría y en el esfuerzo de transformación. Y propongámonos, una vez más, vivir una “vida nueva”.
Irmã Regina Maria Cavalcanti



