“¡Paz para ti!” Es tan bonita esta salutación… Sim, porque la paz es el mayor don que podemos desear a alguien. Y, sin embargo, ¡es tan difícil, realmente, vivir en verdadera paz! Sí, porque la paz no es simplemente apenas ausencia de agresiones, de deseos ruins para los otros: la paz es algo positivo, es la posibilidad de confiar en el próximo sin tener miedo de él, de no tener que defenderse de ataques, físicos o verbales, de “ser lo que se es”, como decía Santa María Eugenia – sin tener receio de ser agredido.
El ser humano anseia profundamente por paz. No obstante, estamos en estado continuo de guerra… La Historia nos muestra que siempre hubo guerras en el mundo, algunos países queriendo dominar otros, los demás teniendo que defenderse contra el agresor. Aquello que se vive a nivel de país se repite, en escala diferente, a nivel personal: el mayor, el más fuerte, queriendo dominar al pequeño.
Paremos un momento para revisitar nuestras propias memorias… ¿Cuántas veces, a lo largo de la vida, tuvimos que defendernos contra “grandalhões” que querían dominarnos? En los tiempos de escuela, ¿no había uno que era “el cabeza”, “el jefe”, que mandaba en los demás? En el inicio de nuestra vida profesional, ¿no había uno que dictaba reglas para todo el mundo, y ay de quien no las siguiera?… ¿Y si este personaje fuera usted mismo, en su tiempo de juventud?…
Violencia y fuerza, infelizmente, siempre fueron usadas por algunas personas para conseguir lo que deseaban. Vemos eso en escala personal, en escala grupal y hasta mismo en escala mundial: ¿no tuvimos, hace relativamente pocos años atrás, dos grandes guerras mundiales?
Pues bien, el mundo está viviendo una tensión que puede llevarnos a una tercera… Los noticiarios nos hablan de lo que está aconteciendo en el Oriente Próximo. Pero este hecho tiene en sí mismo la capacidad de multiplicarse… Y, cuando él se multiplica, genera angustias, muertes, odio, destrucción… Al leer las manchetes de los jornais estos días, examinemos nuestro propio corazón: ¿guardamos rencores contra alguien? ¿Sentimos el deseo de mostrar que somos mejores, más capaces, más “aquinhoadas” que otros? ¿Tenemos inveja de alguien, y, en el fondo, desearíamos tener lo que esta persona tiene, y que no tenemos? ¿Guardamos rabia o resentimiento contra alguien? ¿Nos alegramos, aun sin demostrarlo, cuando algo ruin acontece con alguien con quien no simpatizamos?
El problema es que, en nuestro nivel personal, pequeño, muchas veces vivimos, en escala menor, lo que nos asusta a nivel mundial. La violencia que eclode en las guerras reside también en nuestro propio corazón y se manifiesta en diversos tipos de sentimientos que podemos tener en relación al próximo. El ser humano puede ser muy violento… Pero no es eso lo que Dios quiere de nosotros…
La sociedad en la cual Jesús vivió, tantos siglos atrás, era una sociedad violenta: había guerras… emperadores que dominaban… esclavitud… castigos físicos por crímenes cometidos… discriminación social… mujeres y niños sin derechos, tratados como objetos… Y, en esta sociedad, Jesús pregó la mansedumbre y la paz, la fraternidad que debería reinar entre todos porque somos todos hermanos, hijos de un mismo Padre, que es Dios…
Nuestro país es un país pacífico. No somos, gracias a Dios, un país “conquistador” que siembra miedo entre los países próximos. Es verdad que la Historia nos cuenta que trabamos una guerra contra países vecinos. También entramos en una grande coalición de países para luchar contra una ideología destructora en la 2ª Grande Guerra. Pero nuestro país quiere paz…
Sin embargo, hay mucha violencia dentro del propio país: hay crímenes, hay división, hay desigualdad social, hay racismo, hay intolerancia… Y todos estos actos violentos tienen su raíz en el propio corazón humano… Es de ahí que brotan los deseos que llevan a la venganza, al ansia de poseer, y hasta mismo a atentar contra la vida del próximo…
¿Cómo está su corazón?… ¿Qué sentimientos lo habitan?… ¿Qué deseos o planes desea realizar?… Para que ellos se realicen, ¿usted ayuda a otras personas a levantarse, o será que usted las derruba?…
Oigamos lo que Santa María Eugenia tiene a decirnos para sembrarmos la paz en torno de nosotros: “Lo que importa, antes de todo, es asimilar, interiorizar de modo profundo, una manera de juzgar, de hacer, de sentir, de querer conforme a Jesucristo, y que tenga relación con lo que Él hizo, sintió y quiso durante su vida mortal. Que el evangelio se torne la norma y la ley de nuestros juicios, pensamientos, sentimientos en relación a Dios, a las criaturas, a nuestros hermanos” (Instrucción a las Hermanas, 14/06/1874). Y aún: “La paz que Nuestro Señor nos trae no es sin combate, sino una paz que cuesta. No viene de la naturaleza, sino de la gracia. Ella resulta de la búsqueda de Dios antes de todo y del deseo de sacrificar todo por su gloria” (Instrucción a las Hermanas, 07/03/1880).
No es nada fácil construir la paz en nosotros mismos y en torno de nosotros, en nuestra familia, en nuestra vizinhança, en nuestro ambiente de trabajo. Pero es a partir de cada uno de nosotros que la paz se torna una realidad… Ser constructores de paz es una de las bienaventuranzas de que Jesús nos habla en el evangelio: “Felices los que promueven la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9).
Pidamos a Santa María Eugenia que obtenga para nosotros la gracia de sembrar la paz en nuestro entorno. Que podamos decir a todas las personas que encontremos, de todo corazón: “¡Paz para ti!”
Irmã Regina Maria Cavalcanti



