Somos testigos de Cristo.
Mis hermanos y mis hermanas, estamos en el segundo domingo de Cuaresma. Es tiempo de subir a la montaña con Jesús, tiempo de escuchar su voz y dejar que su luz ilumine nuestro caminar.
Hoy, la Palabra de Dios nos relata tres experiencias: Abrahán que confía, Pablo que testimonia, y los discípulos que contemplan la gloria de Cristo en el monte Tabor.
En la primera lectura nos encontramos con Abrahán (documentos señalan que vivió en torno al 1850 a.C.), cuya lección nos instruye a “dejar para confiar”. Imaginen a Abrahán… Dios pide que deje su tierra, su familia, su seguridad. He aquí lo que dice el Señor: “Deja tu tierra, tu familia y la casa de tu padre y ve a la tierra que Yo te indicaré”.
Abrahán no recibe un mapa, apenas una promesa: “Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré”. Abrahán parte, sin saber a dónde va, pero creyendo. La fe, la plena confianza en Dios lo hizo confiar. Y esa confianza fue fundamental para que todo lo demás ocurriera.
Para nuestra reflexión: ¿Cuántas veces nosotros también necesitamos dejar cosas atrás: egoísmos, vicios, miedos? La Cuaresma es esa invitación: confiar en Dios aun sin ver el camino entero. Y tener la certeza de que recorreremos este camino con Él.
El salmo responsorial nos eleva a confiar en la “palabra del Señor que es recta y en la fidelidad nacen sus obras”. Y que el cristiano “espera en Ti, Señor”. Porque tenemos la certeza de que en esta espera obtendremos vuestra misericordia.
En la segunda lectura, el apóstol Pablo nos catequiza con el conocimiento básico y esencial de la fe cristiana: “Cristo venció la muerte”. Sin esta premisa es vana nuestra fe. En la carta a Timoteo, Pablo nos recuerda: Cristo destruyó la muerte y trajo vida. Pablo refuerza su afirmación al escribir: “Cristo Jesús, nuestro Salvador, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad, por medio del Evangelio”. No es solo esperanza futura, es realidad presente. Quien vive unido a Cristo ya participa de esa victoria.
Reflexionemos juntos: Hoy, testimoniar la fe exige valentía. La Cuaresma nos fortalece para ser cristianos de verdad, sin miedo de mostrar nuestra fe. ¿Somos, realmente, testigos de Cristo en nuestras acciones?
El Evangelio nos trae a la memoria lo ocurrido en el Monte Tabor: la anticipación de la Pascua. El pasaje nos relata la “transfiguración”. En este Evangelio, Jesús se transfigura ante Pedro, Santiago y Juan. Es una anticipación de la Pascua, para que ellos no se escandalicen con la cruz. La voz del Padre resuena: “Este es mi Hijo amado, escuchadlo”. Escuchar a Jesús… no solo oír, sino dejar que su palabra transforme nuestra vida. La Transfiguración nos enseña que la cruz no es el fin, sino el paso hacia la gloria.
Portanto, queridísimos hermanos y hermanas, ¿qué significa esto para nosotros? ¿Cuáles son los “recados” que la Palabra de Dios nos quiere decir hoy? Veamos:
- Subir a la montaña: reservar tiempo para la oración, el silencio, la escucha.
- Bajar fortalecidos: llevar la luz de Cristo a la familia, al trabajo, a la comunidad.
- Escuchar al Hijo amado: dejar que su voz guíe nuestras elecciones, especialmente en las renuncias cuaresmales.
El segundo domingo de Cuaresma nos confirma que: “la fe es confianza”. Tener fe es confiar. Tal como Abrahán nos probó. Cristo ya venció la muerte, y su gloria nos espera. Como Abrahán, caminemos; como Pablo, testimoniemos; como los discípulos, contemplemos la luz de Cristo.
Que esta semana sea para nosotros una subida al Tabor, para que, iluminados por la presencia del Señor, podamos bajar y vivir la Cuaresma con valentía y esperanza. Que seamos testigos de Cristo. Así sea.
@Aderson Castro, SP/2026.



