Desde el pasado Miércoles, el Miércoles de Ceniza, entramos en el tiempo litúrgico de la Cuaresma. ¿Y qué es la Cuaresma? La Cuaresma es un periodo largo —cuarenta días— en el que la Iglesia nos llama a reconocer nuestras faltas, nuestros pecados, y a prepararnos para vivir y celebrar el gran misterio del amor de Dios por nosotros, que se manifestó en la muerte de cruz y resurrección de Jesús.
¡Sí, Dios nos ama! Esta es la gran verdad que debería llenar nuestro corazón de gratitud todos los días de nuestra vida… Sin embargo, no es eso lo que sucede… La verdad es que, muchas veces, nos alejamos de Dios, no reconocemos las señales de su amor y no le respondemos con el mismo lenguaje de amor… Esta es nuestra historia, la historia de la humanidad pecadora…
Para ayudarnos a volver nuestro corazón a Dios, la Iglesia nos propone, cada año, un tiempo de reflexión y de conversión: la Cuaresma. La liturgia de este tiempo, con su color morado, nos habla de arrepentimiento, de cambio de rumbo para nuestra vida, de vuelta a Dios, de quien tal vez nos hayamos alejado. La certeza que nos anima, sin embargo, es que, aunque nos hayamos olvidado de Dios, aunque nos hayamos alejado de él, él nunca se olvida ni se aleja de nosotros.
Por eso, aquí estamos, a la entrada de esta Cuaresma, una vez más pidiendo al Señor, nuestro Padre de Amor y Bondad, que nos dé la gracia de nunca olvidarnos de nuestro Bautismo, por el cual fuimos consagrados a él. Que nuestra vivencia de esta Cuaresma reavive en nosotros el amor a Dios y el deseo de serle fieles. Veamos lo que la liturgia de este domingo nos invita a vivir.
La Oración del día, llamada “Colecta” porque recoge, colecciona, por así decirlo, las intenciones de todos los que están celebrando esta Misa, pide que Dios nos conceda “progresar en el conocimiento del misterio de Cristo y corresponderle con una vida santa”. Por medio de esta oración, estamos pidiendo a Dios algo grande… Progresar en el conocimiento del misterio de Cristo y corresponder a él por medio de una vida santa – esto debería ser el objetivo, el deseo profundo de todos nosotros, que somos cristianos.
Este deseo profundo encuentra su eco en la oración que el Padre dice después de la comunión, por medio de las siguientes palabras: “Oh Dios, que nos alimentaste con este pan que nutre la fe, incentiva la esperanza y fortalece la caridad, danos desear a Cristo, pan vivo y verdadero, y vivir de toda palabra que sale de tu boca”. De hecho, quien se alimenta de la Eucaristía “progresa en el conocimiento del misterio de Cristo”; y quien tiene su fe nutrida, su esperanza incentivada y su caridad fortalecida está viviendo una “vida santa”. Es esto lo que Dios nos pide. Y es esto lo que pedimos a él que nos ayude a realizar… ¿Qué tal si, en esta Cuaresma, buscamos crecer en el conocimiento de Cristo intentando leer un fragmento del evangelio por día?
Pero, miremos más de cerca los textos de la liturgia para este Primer Domingo de Cuaresma. La Primera Lectura es del Libro del Génesis (Gn 2, 7-9; 3,1-7) y nos habla de la creación y de cómo, desde el inicio, el ser humano es tentado a ser como Dios. Las diversas ramas de la ciencia también nos dicen cómo surgió el ser humano en la faz de este nuestro planeta Tierra, pero nos cuenta una historia diferente… Es importante no confundir los campos: la ciencia, fruto de la inteligencia humana, nos hace conocer las diversas etapas de la evolución de la humanidad; la Biblia, fruto de la Revelación, expresión de la Palabra de Dios, nos lleva a conocer el destino del ser humano: creer en Dios, relacionarse con él, vivir con él para siempre.
Sin embargo, llegar a este destino implica lucha, pues somos continuamente tentados a alejarnos del camino que lleva a él. Cargamos en lo más profundo de nuestro ser la raíz del pecado, que nos aleja del proyecto que Dios tiene para cada uno, cada una, de nosotros: el orgullo, la ambición – “seréis como Dios” (Gn 3,5). Por esta razón, el Salmo Responsorial es una petición de perdón a Dios.
La Segunda Lectura, tomada de la Carta de San Pablo a los Romanos (Rm 5, 12-19), es una reflexión sobre la realidad del pecado, que alcanza a toda la humanidad, y de la Redención, operada por Jesucristo. De hecho, tan grande es el amor de Dios por nosotros, sus hijos e hijas, que, por la Cruz y Resurrección de Jesús, somos redimidos del pecado. La celebración de la Cuaresma termina en la Semana Santa: reconocer nuestros pecados y pedir perdón por ellos haciendo que nuestro corazón se vuelva a Dios nos lleva a la salvación, realizada en Jesús, Crucificado y Resucitado.
El Evangelio de este día (Mt 4, 1-11) nos muestra a Jesús en diálogo con el Tentador. El Hijo de Dios, que asumió nuestra realidad humana por su Encarnación, pasó por la realidad humana de ser tentado. El evangelio nos cuenta solo este momento de tentación de Jesús, pero nada nos impide pensar que, a lo largo de su vida, Jesús haya tenido otros momentos de tentación.
La tentación es una experiencia por la que todos pasamos, a veces más fuerte, a veces menos. Pero es siempre una experiencia difícil, de lucha interior. Sepamos pedir la ayuda de Dios en estos momentos, la gracia y la fuerza que él puede nos dar para permanecer fieles a aquello que Dios pide a cada uno y cada una de nosotros.
Recordemos nuestro Bautismo, en el que nos convertimos en morada de Dios, pues él vino a habitar en nosotros. Pidamos la gracia de tenerlo siempre en nuestro corazón. Que esta Cuaresma nos fortalezca en el deseo y la decisión de permanecer siempre unidos, unidas, a Dios y de responder fielmente a todo lo que él nos pida.



