En la liturgia de hoy celebramos la Epifanía, la manifestación del Dios de la Vida, el Señor de la Historia que, de varios modos, llama a toda la humanidad a acoger la Salvación en Jesucristo.

Las escenas presentadas por Mateo en el texto 2,1-12 son contrastantes, se entrecruzan. Por un lado, somos invitados a contemplar e interiorizar la caminata de los magos, la perseverancia en la búsqueda. Por otro lado, nos cuestiona la postura de los líderes en Jerusalén.

Los magos, astrólogos, venidos de Oriente, son atraídos por una señal, una nueva estrella que brilla en el horizonte. Ella los mueve y ellos se ponen en camino, siguiendo esa luz. Ya el profeta había anunciado: “Los pueblos caminan a tu luz y los reyes al resplandor de tu aurora” (Is.60,3).

Al llegar a Jerusalén, surge la pregunta y la afirmación inquietante: “¿dónde está el recién nacido, rey de los judíos?” …. “Vimos su estrella y venimos a adorarlo” (Mt.2,2). Toda la ciudad queda conmocionada, especialmente los líderes religiosos y políticos; aún más Herodes, detentor del poder. Los jefes de los sacerdotes y los doctores de la ley confirman que, según las Escrituras, el enviado de Dios debe nacer en Belén (cf. Miq. 5,1).

El rey Herodes, enfurecido, decide eliminar a su competidor al trono. Interroga a los magos sobre la fecha de la aparición de la estrella e indica el lugar, afirmando falsamente que también quiere ir a adorarlo.

Los magos parten, continuando su larga caminata de búsqueda constante y la estrella los ilumina. Finalmente, encuentran al Niño Jesús e inclinándose respetuosamente lo adoran. Hacen sus ofrendas, el oro, el incienso y la mirra, reconociendo en la frágil criatura: al Rey de las naciones, al Señor de la vida, al Salvador de la humanidad.

Los “reyes del oriente” representan a las personas de todos los tiempos y lugares que son “buscadores” y sinceramente buscan un sentido para la vida, buscan la verdad, la sabiduría de vivir, en fin, buscan al propio Dios. Según lo que cada persona busca, se revela su identidad. En fin, lo que buscas muestra quién eres. Lo que yo busco muestra quién soy yo. Nos corresponde mirar al horizonte, descubrir dónde brilla la estrella y seguirla para llegar al encuentro, sin cesar nunca la caminata.

De hecho, algunos teólogos interpretan el camino de los magos como el camino de aquellos que escuchan las aspiraciones más profundas del corazón humano. Así, la estrella es la “nostalgia de lo divino” y el camino es el “deseo profundo” de encontrarlo.

El gesto de reverencia y de ofrenda es la actitud fundamental de todo aquel que cree y acoge el gran misterio de Dios, Amor infinito encarnado en nuestra propia vida, el Emanuel. Al doblar las rodillas, reconocen ser pequeños y son elevados en su dignidad de personas humanas, imagen y semejanza del Creador.

Hoy, muchos sienten dificultad de adorar a Dios, porque quieren un Dios útil para satisfacer sus propios intereses y sus proyectos individualistas. Muchos tienen el corazón endurecido, sin apertura para acoger el toque divino en alguna parte de su existencia. No entienden la infinita gratuidad e inmensa misericordia del Creador que envía a su Hijo, como nuestro hermano, para rescatar a toda la humanidad, sin distinción de origen, raza o nación.

Contemplar, adorar la presencia de Dios en medio de nosotros es comprometerse en la defensa de lo divino presente en lo humano, esto es, luchar por la dignidad de todo ser humano. Ese camino está lleno de desafíos, contradicciones, conflictos. Hay muchos hoy que corren riesgos, porque asumen la misión en defensa de grandes causas humanitarias.

El Niño de Belén acoge a los de cerca y a los de lejos, a aquellos conocedores de la revelación del Plan de Dios y a aquellos considerados “paganos” porque no tuvieron su origen en el Pueblo de la Alianza. Jesús viene para todos: “los paganos son admitidos a la misma herencia, son miembros del mismo cuerpo, son asociados a la misma promesa en Jesús Cristo, por medio del Evangelio” (cf. Ef. 3,6).

La misión de la Iglesia, hoy, es renovar su compromiso de apertura a todos los que son “los buscadores” de justicia, defensores de la vida en todas las dimensiones, promotores de la paz, porque creen en la posibilidad de construir un mundo más fraterno, más solidario.

Los brazos abiertos del recién nacido nos enseñen, una vez más, a abrazar al más próximo y al más distante, aceptando las diferencias de cultura, de origen, de costumbres, venciendo barreras de prejuicios, divisiones ideológicas, discriminaciones.

Jesús, nuestra Luz, ilumine los caminos de nuestra historia, para abrir los corazones y las puertas de las comunidades, de las familias y de los grupos para la acogida incondicional.

Que el nuevo año sea de muchas bendiciones y crezca el discernimiento, la búsqueda de gestos concretos en el compromiso con esos gritos de la tierra, de los pueblos, de los pequeños, resonando continuamente dentro y fuera de nosotros.

Nosotros, discípulas y discípulos de Jesucristo, hagamos de nuestra vida, paso a paso, la respuesta al gran llamado: ¡ser “epifanía” del reino de Dios!

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