“Hermanos, manténganse firmes hasta la venida del Señor (St 5,7)”
En este 3º Domingo de Adviento, conocido como “Domingo de la Alegría” (Gaudete), somos envueltos por un clima de júbilo y esperanza. Este día nos ofrece un respiro de consolación, una pausa luminosa mientras nos acercamos a la celebración de la Navidad.
En la primera lectura, del Libro del Profeta Isaías (Is 35,1-6a.10), escuchamos un anuncio cargado de esperanza: un futuro de restauración total, simbolizado por el “desierto que florece”. La imagen apunta a la presencia transformadora de Dios y a las posibilidades que surgen con la llegada del Mesías, vida plena y alegría verdadera.
Al mismo tiempo, se reconoce la aridez y la soledad tan humanas, que exigen de nosotros el esfuerzo de “afirmar las rodillas debilitadas” y “saltar como un ciervo”. Al final, resuena la llamada: alégrense por la venida del Señor “Alégrese la tierra que era desierta e intransitable, exulte la soledad y florezca como un lirio.”
En el Salmo responsorial (Sal 145/146), contemplamos la acción salvadora del Señor, que transforma vidas, cuida de la viuda y del huérfano y se revela como “defensor de los débiles”, convirtiéndose en voz para aquellos que no la tienen. En sintonía con el tiempo de Adviento, el salmo se convierte en un clamor de esperanza por la llegada del Salvador.
En la segunda lectura, de la Carta de Santiago (St 5,7-10), aprendemos a vivir el Adviento con paciencia y firmeza de corazón. La imagen del agricultor, que trabaja la tierra, pero respeta el tiempo de Dios, recuerda que la semilla germinará conforme a la voluntad divina. Así también la vida espiritual exige paciencia, para que comprendamos los caminos del Señor y permitamos que Él actúe en nosotros.
La lectura aún advierte sobre las quejas mutuas, mostrando que la esperanza debilitada favorece conflictos y que la impaciencia ante el tiempo de Dios destruye la paz con el prójimo. La venida del Salvador no debe generar miedo, sino fortalecer la esperanza, recordando a los profetas que sufrieron y permanecieron fieles.
En el Evangelio de San Mateo (Mt 11,2-11), vemos a Juan el Bautista, el gran profeta, que preparó el camino del Señor, ahora preso. Él, que vivió su misión apuntando al Mesías, se encuentra rodeado por la oscuridad, la soledad y la incertidumbre.
Así, la liturgia nos convoca a renovar la alegría, a ser testigos del Señor y a mantener el corazón abierto para su venida, dejando atrás el miedo, el dolor y la vacilación, asumiendo de hecho los signos de conversión y una adhesión radical al Evangelio.
Ana Beatriz Menezes, OP.



