“¿Cómo están nuestros caminos y senderos para recibir al Señor?”

Queridísimos Hermanos, la liturgia del Segundo Domingo de Adviento revela un tema central muy evidente: Dios toma la iniciativa de renovar, guiar y preparar a su pueblo, mientras que nosotros somos invitados a colaborar en esta tarea, abriendo espacios internos para recibir Su presencia. Cada lectura destaca, con matices distintos, esta dinámica de esperanza, que es la guía de todo cristiano.

Vayamos a la PRIMERA LECTURA: Baruc 5,1-9, donde percibimos la esperanza que reviste y transforma. En ella, el profeta Baruc se dirige a Jerusalén como si estuviera hablando a una madre entristecida por la separación de sus hijos en el exilio. La ciudad recibe el llamado a reemplazar sus vestiduras de luto por ropas espléndidas, indicando la renovación que Dios proporciona. Esta idea de “vestirse” simboliza algo más profundo: no se trata solo de una alteración externa, sino de la nueva identidad conferida por Dios.

El texto insiste en que es el Señor quien guía al pueblo, abriendo caminos llanos, bajando montañas y nivelando terrenos para el regreso de los exiliados. La reconstrucción no depende primero de las fuerzas humanas, sino de la iniciativa divina. La misión de Jerusalén es, entonces, dejarse conducir y acoger a sus hijos con alegría, porque Dios ha hecho brillar sobre ella la justicia y la misericordia.

En el tiempo de Adviento, este pasaje reaviva en nosotros la convicción de que Dios actúa en la historia, rompe prisiones, elimina obstáculos y nos invita a vivir imbuidos de esperanza. Él mismo “abre el camino” para nuestra liberación.

En el Salmo Responsorial, el salmista nos exhorta a dar gloria al cantar: “Grandes maravillas hizo por nosotros el Señor: por eso exultamos de alegría.” Alegría que el Adviento nos trae en el momento en que aguardamos la venida del Mesías. Momento de espera, pero con esperanza en Aquel que viene.

La SEGUNDA LECTURA (Filipenses 1,4-6.8-11) nos hace ver que la obra iniciada por Dios florece en la vida comunitaria. Pablo escribe a los filipenses con gran afecto. Él percibe en ese grupo cristiano una comunidad que coopera con el Evangelio, y por eso ora para que crezcan “en el amor, en el discernimiento y en la pureza.”

El apóstol Pablo aborda un asunto fundamental para el Adviento: Dios inició en nuestro interior una obra excelente — y Él mismo la llevará a término. Esta convicción no representa inercia, sino una confianza en el Señor. Progresar en el amor implica permitir que Dios perfeccione nuestra existencia, transformándonos en individuos aptos para tomar decisiones más justas y alineadas con el Evangelio.

Pablo nos recuerda que la preparación para la venida del Señor se realiza mediante la transformación del corazón: un amor más lúcido, sensible, concreto; una forma de vivir que produzca “frutos de justicia.” Así, la espera cristiana no es estática; es un camino de crecimiento moral y espiritual.

En el Evangelio según Lucas 3,1-6, tenemos la predicación de Juan el Bautista, la voz que despierta y endereza caminos; nos invita a través de sus palabras: “Preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos… que se enderecen los caminos torcidos.” Lucas sitúa la predicación de Juan el Bautista en el contexto político concreto de su tiempo: emperadores, gobernadores, sumos sacerdotes. El contexto histórico es incuestionable, pues cita nombres que están registrados en los compendios, a saber: Tiberio, Poncio Pilato, Herodes, Filipo, Lisanias, Anás, Caifás. Esta precisión enfatiza que el anuncio de la salvación no ocurre en el vacío, sino dentro de la historia real.

Aún hoy podemos percibir que Juan aparece como la “voz que grita en el desierto”, llamándonos a todos al cambio de vida para preparar el camino del Señor. Él retoma las figuras de Isaías: valles nivelados, montañas rebajadas, caminos allanados. Es un mapa espiritual, basta con observar nuestra realidad y hacer esta analogía: los valles representan nuestras carencias y fragilidades; las montañas, nuestro orgullo y las resistencias; los caminos torcidos, nuestras incoherencias; y las imperfecciones, las marcas que nos impiden la aceptación de lo nuevo.

La intervención divina se une a nuestra reacción: Él llega, pero somos instados a preparar nuestro interior, eliminando impedimentos y promoviendo la receptividad. La promesa es para todos — “toda carne contemplará la salvación de Dios” — mostrando que el Adviento es una convocatoria hecha a toda la humanidad, que el Adviento es una esperanza activa.

De esto se desprende que las tres lecturas convergen en una misma pedagogía espiritual: a) Dios guía (Baruc): Él abre caminos, restaura y reconstruye; b) Dios perfecciona (Filipenses): el trabajo comenzado en nosotros se desarrolla a través del amor que crece; y c) Dios se acerca (Lucas): Su llegada pide de nosotros conversión y preparación interior.

Así, el Segundo Domingo de Adviento nos llama a esperar con compromiso, permitiendo que el Señor transforme nuestros caminos y nos revista de una nueva forma de vivir. Es un tiempo para reencontrar la esperanza que no es ilusoria, porque nace de la fidelidad de Aquel que viene a nuestro encuentro para renovar todas las cosas.

Por lo tanto, queda la pregunta: “¿Cómo están nuestros caminos y nuestros senderos para recibir al Señor?”

@2025.adersoncastro

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