¿Será que Dios nos pide cosas imposibles?… ¿Será que Él espera de nosotros esfuerzos que somos incapaces de realizar?… Estas preguntas a veces atormentan a mucha gente, incluso – ¿quién sabe? – a ti que estás leyendo este texto. Hay algunos pasajes en la Biblia que pueden suscitar en nosotros preguntas angustiantes… Si acaso alguna de esas preguntas aflora en tu corazón, hay algo que puede devolverte la paz: es la certeza, basada en las palabras del propio Jesús, de que Dios es un Padre que ama a todos sus hijos con un amor infinito.
Sí, creemos en un Dios que es Padre, en un Dios que es amor, y que, por eso, está siempre dispuesto, y yo diría incluso deseoso, de perdonarnos. Con esta certeza, intentemos comprender el mensaje que las lecturas propuestas para este domingo nos traen.
La primera afirmación de este mensaje es que la Palabra de Dios, su revelación, a la cual respondemos con fe, no es privilegio de un solo pueblo, sino que está dirigida a toda la humanidad. “Pueblo de Dios” es una expresión que no indica una nacionalidad especial, el privilegio de haber nacido en un determinado país, sino que se aplica a todos los que acogen la Revelación y le responden con fe.
Así es como la Primera Lectura, tomada del Profeta Isaías (Is 66,18-21), dice: “Así dice el Señor: ‘Yo, que conozco sus obras y sus pensamientos, vengo para reunir a todos los pueblos y lenguas: ellos vendrán y verán mi gloria’”. Esta visión universalista de la salvación debió sorprender al pueblo judío del Antiguo Testamento, que se consideraba privilegiado por haber sido el único pueblo al cual el Dios Vivo y Verdadero se había revelado. Pero Dios no puede ser limitado a un solo pueblo… Por eso, el texto de esta Primera Lectura continúa: “(…) y enviaré, de entre los que fueron salvados, mensajeros a los pueblos (…), a las tierras lejanas y a aquellas que aún no han oído hablar de mí y no han visto mi gloria. Esos enviados anunciarán mi gloria a las naciones”.
Estas palabras del Profeta Isaías son como un anuncio de lo que Jesús dirá a sus apóstoles poco antes de su Ascensión: “Por tanto, vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20). El Evangelio es para todos.
Nuestra Iglesia tiene un nombre que la identifica: es la Iglesia Católica. “Católica” es una palabra que viene del griego y significa “universal”. Nuestra Iglesia no es la Iglesia de un grupo, ni de un país, mucho menos de un solo pueblo: es de todos. Por eso, está presente en todos los continentes, en innumerables países – aunque en algunos con muy pocos miembros. Por eso, es misionera, para llevar la Palabra de Dios a quienes aún no la conocen. En la lectura de hoy, el Profeta Isaías habla de los “mensajeros” que serán enviados a todos los pueblos para llevarlos a conocer a Dios. Jesús envió a los apóstoles con esta misma misión: llevar a las personas la Buena Nueva, el Evangelio. Hoy, los misioneros somos nosotros: todo cristiano, toda cristiana, está llamado(a) a dar testimonio de su fe llevando a otros a compartirla también.
Pero volvamos a los textos de la liturgia de hoy. El Salmo (Sal 116/117, 1-2) invita a “todas las gentes”, a “todos los pueblos” a alabar al Señor. Y el estribillo del Salmo, tomado del evangelio de Marcos, nos anima “a proclamar el Evangelio a toda criatura”.
La Segunda Lectura (Hb 12,5-7;11-13) pone el foco en la segunda afirmación de la liturgia de este domingo: el sufrimiento en nuestra vida. Sí, porque aunque conozcamos al Señor, nuestro Dios, aunque tengamos fe, el sufrimiento está presente en toda vida humana. Pero hay maneras diferentes de afrontarlo… Hay quienes ven el sufrimiento como un “castigo” y se rebelan por ello. Hay otros que, ante el sufrimiento, dicen “Dios se ha olvidado de mí” o “Dios no se preocupa por mí”… Tú que estás leyendo este texto, detente un momento y pregúntate: ¿Cómo afrontas tú el sufrimiento en tu vida?
Este pasaje de la Carta a los Hebreos interpreta el sufrimiento de otra manera: para su autor, el sufrimiento es señal de que Dios nos ama, pues nos corrige y nos educa como un padre lo hace con su hijo. “(…) no te desanimes cuando Él te reprenda, porque el Señor corrige a quien ama (…) Pues, ¿qué hijo hay a quien el padre no corrija?”.
En el Evangelio de este domingo (Lc 13,22-30) encontramos el punto de convergencia de las dos afirmaciones que nos han hecho las Lecturas. La Palabra de Dios es para todos, sin distinción. Y todos los que la acogen están llamados a vivir en la fe. Dios es Padre, y nos ama como a sus hijos queridos. Pero Él nos pide un compromiso – esta es la tercera afirmación de la liturgia de hoy: la salvación supone coherencia entre la fe y la vida.
El texto del Evangelio muestra el diálogo entre Jesús y una persona no identificada. Jesús está pasando por aldeas en su camino hacia Jerusalén. La persona que lo interroga no sabe que allí será arrestado, juzgado, injustamente condenado a la cruz – todo esto por amor a nosotros. La pregunta hecha a Jesús es si es verdad que son pocos los que se salvan. Jesús responde: “Esfuércense por entrar por la puerta estrecha”. “Entrar por la puerta estrecha” significa ser fiel. Asumir la lucha de ser coherente con la fe. Ser capaz de afrontar las dificultades y las tentaciones sin desviarse del camino. No escatimar esfuerzos para hacer lo que Dios nos pide. Hacer de la fe la brújula que oriente nuestras acciones y decisiones.
Como dice la Oración de hoy, “que nuestros corazones estén anclados allá donde se encuentran las verdaderas alegrías”.



