26º Domingo del Tiempo Ordinario: ¿Tenemos compasión de quienes la necesitan?

Las lecturas de este domingo convergen en torno a un tema central: la responsabilidad cristiana ante la vida, especialmente en relación con el uso de los bienes materiales y la práctica de la justicia. La Palabra de Dios denuncia la indiferencia ante el sufrimiento de los pobres, nos llama a tener una vida sobria, a ser fieles en la fe y señala la urgencia de la conversión como camino hacia la verdadera vida en Cristo.

La primera lectura: Amós 6,1a.4-7. El profeta Amós es conocido por su firmeza al denunciar las injusticias sociales y religiosas del Reino del Norte, en el siglo VIII a.C. En su época fue tildado de subversivo. En este capítulo, condena la vida de lujo y ostentación de una élite que se acostaba en camas de marfil, se banqueteaba en abundancia y cultivaba solo sus propios placeres, sin preocuparse por la ruina del pueblo.

La crítica de Amós no se dirige solo al uso de los bienes, sino a la insensibilidad. El profeta denuncia que “no se afligían por la ruina de José”, es decir, la incapacidad de ver más allá de sí mismos. El pecado no está solo en la riqueza, sino en el encierro egoísta que vuelve el corazón incapaz de compasión. La consecuencia es clara: los primeros en la ostentación serán los primeros en sufrir el exilio. El texto es, por lo tanto, una alerta contra la autosuficiencia y la falta de solidaridad.

En la segunda lectura: 1 Timoteo 6,11-16, escuchamos que la exhortación de Pablo a Timoteo presenta el contrapunto a la actitud denunciada por Amós. El apóstol recomienda al discípulo que huya de las tentaciones de la avaricia y la búsqueda desordenada de bienes, cultivando en su lugar la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la firmeza y la mansedumbre. El “combate de la fe” es, aquí, un llamado a la perseverancia y la autenticidad en el seguimiento de Cristo.

El texto también nos sitúa ante la dimensión escatológica de la vida cristiana: vivimos a la espera de la manifestación gloriosa de Cristo, el Rey de reyes y Señor de señores. Esta perspectiva reorienta el corazón: en lugar de buscar seguridad en las riquezas o el poder, el cristiano debe fundamentar su existencia en Dios, que es inmortal y eterno. Para Él fuimos hechos. Así, la segunda lectura nos recuerda que la verdadera riqueza está en permanecer fiel al llamado recibido.

En el Evangelio de Lucas (Lc 16,19-31), apreciamos la parábola del rico y el pobre Lázaro, uno de los textos más impactantes del Evangelio de Lucas en lo que respecta a la justicia social y la responsabilidad ante los necesitados. El contraste entre los dos personajes es radical: el rico se viste de púrpura y lino finísimo, se banquetea todos los días, mientras el pobre Lázaro yace a su puerta, cubierto de llagas y deseando solo las migajas que caían de la mesa.

La muerte invierte los papeles: Lázaro es acogido en el seno de Abrahán, símbolo de la bienaventuranza, mientras que el rico experimenta el tormento de la separación definitiva de Dios. El diálogo posterior con Abrahán explicita la gravedad de la indiferencia. El rico no es condenado por ser rico, sino por no haber visto a Lázaro, que estaba a su puerta. La ausencia de compasión y solidaridad se convierte en su perdición.

La parábola concluye con una advertencia a los oyentes: no es necesario esperar señales extraordinarias para convertirse; la Ley y los Profetas ya señalan claramente el camino de la justicia y la misericordia. Quien no escucha la Palabra difícilmente se conmoverá, aunque alguien resucite de entre los muertos.

Percibimos que las tres lecturas, en conjunto, revelan un mensaje coherente y urgente: la fe no puede disociarse de la vida concreta, y la relación con Dios exige apertura al prójimo, especialmente al pobre y necesitado. Mientras Amós denuncia la autosuficiencia y la indiferencia, Pablo orienta a Timoteo hacia una vida de sobriedad, fidelidad y esperanza en el Señor, y Lucas presenta, en forma de parábola, la consecuencia definitiva de la omisión ante el dolor ajeno. De ahí la importancia de ejercer la compasión.

El Evangelio nos llama a revisar nuestros estilos de vida. La tentación del consumismo y la indiferencia sigue siendo actual: podemos acostumbrarnos a la desigualdad, justificar privilegios y cerrar los ojos al sufrimiento que está “a nuestra puerta”. La liturgia nos provoca a elegir otro camino: el de la solidaridad, la justicia y la atención al prójimo.

¿En qué podemos aplicar estas enseñanzas en nuestra vida cristiana? Estamos invitados a:

a) Examinar nuestras prácticas: ¿En qué medida buscamos solo el confort y la seguridad personal, sin darnos cuenta de quienes nos rodean?

b) Cultivar la sobriedad evangélica: Poner la vida en Cristo por encima de la búsqueda incesante de bienes materiales.

c) Vivir la solidaridad: Reconocer en los pobres y sufrientes no una carga, sino un llamado de Dios.

d) Asumir la responsabilidad: La Palabra ya nos ha sido dada. No necesitamos señales extraordinarias, sino una conversión cotidiana.

Trayendo a nuestra realidad las palabras de Santa María Eugenia: “Rezar no lo es todo. Es necesario Rezar y Actuar” (1835), me pregunto: ¿hasta dónde entendemos que la fe auténtica es inseparable de la justicia y la misericordia? Lo que se espera del discípulo de Cristo es un corazón sensible, una vida de sobriedad y una esperanza activa que se traduce en gestos concretos de amor y solidaridad. Es necesario tener compasión del otro, además de rezar por él.

Aderson Castro, Set/2025

 

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