Diciembre es un mes festivo. Mes de vacaciones, es el fin de un año, marcado por trabajo, muchas veces por preocupaciones e incluso angustias, pero también, gracias a Dios, por buenas noticias y momentos alegres. Es un tiempo de vacaciones escolares, con los niños en casa, sin deberes, con más tiempo para jugar. Para algunas personas, es el mes de los viajes, del reencuentro con la familia, de los días más largos, de los días más cálidos. Pero, sobre todo, es el mes de la Navidad…

Sí, la Navidad ya está presente en nuestras ciudades… Y como el comercio se apropia de todo, ya aparecen los carteles: “¡Promoción de Navidad!”… Los juguetes se multiplican en las tiendas, pues son regalos que agradan a los niños… Es tiempo de vacaciones, muchos viajan… Los escaparates se adornan con motivos navideños… Las personas caminan por las calles cargando muchos paquetes; “Son los regalos, dicen, la familia es grande”… Luces de colores, intermitentes, aparecen en las ventanas, en los escaparates… Un aire diferente recorre la ciudad… Papá Noel llega: en algunos lugares, él está en los “shoppings”, sentado en una gran silla, colocando a los niños en su regazo y escuchando sus deseos; en otros, él desciende de un helicóptero en el césped de un gran estadio lleno de niños, cuyos padres los acompañan para ver a Papá Noel… Es diciembre, es Navidad.

Sí, diciembre es festivo. Pocos días después de la Navidad, llega el cambio de año, el Año Nuevo: una razón más para alegrarse, para conmemorar… Son fiestas y más fiestas, bailes, reuniones de familias, espectáculo de fuegos, creencias populares: doce granos de granada, doce saltitos… Es Año Nuevo.

Pero, ¿será que para todos nosotros es esto lo que le da al mes de diciembre su tonalidad festiva? ¿No habrá algo más profundo que eso?… Sí, y ahí es donde entra un nuevo nivel de comprensión de la alegría que marca este último mes de cada año: el nivel de nuestra fe. Como la gran mayoría del pueblo de nuestro país, somos cristianos. Y ser cristiano es creer que Dios, en su gran amor de Padre de todos nosotros, se hizo uno de nosotros para salvarnos, para enseñarnos a vivir como sus hijos e hijas. Es a este hecho que llamamos Encarnación, el gran misterio de la Encarnación.

Jesucristo es el Hijo de Dios que se hace hombre como nosotros y que nació en medio de un pueblo pobre y tenido por despreciable por los grandes imperios de la época. Él vino para librarnos del gran mal, el pecado, y mostrarnos cómo vivir como verdaderos hijos e hijas del Dios Vivo y Verdadero, Fuente de la Vida, Creador del cielo y de la Tierra y de todo cuanto existe, Amor infinito, nuestro Padre… Somos llamados “cristianos” pues somos seguidores de Cristo, cuyas palabras buscamos concretizar en nuestras vidas. Es el nacimiento de Jesús que festejamos en Navidad, y que hace que el mes de diciembre sea tan festivo.

Todos los símbolos de la Navidad se refieren al nacimiento de Jesús y expresan, cada uno a su modo, nuestra alegría por su venida entre nosotros. El Árbol de Navidad con sus luces y ornamentos, simboliza nuestra vida que, cuando seguimos a Jesús, se llena de belleza y de frutos que alegran a quien se acerca a nosotros. Las músicas, las velas encendidas y los adornos demuestran nuestra alegría por el nacimiento de Jesús. Los regalos que damos y que recibimos son una señal del Gran Regalo que Dios nos dio con el nacimiento de Jesús. “Papá Noel” es el único símbolo de Navidad que se escapa a esta referencia al nacimiento de Jesús; pero podemos ver en él un símbolo de la capacidad que tiene Dios de escuchar y percibir las necesidades y deseos de sus hijos e hijas y responder a ellos.

Pero, como cristianos y cristianas que somos, nuestra gran alegría en este tiempo de preparación y de celebración de la Navidad debería ser la de ser tan amados por Dios hasta el punto de él enviarnos a su propio Hijo como nuestro Salvador, como aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida, y que nos guía hacia el Padre. ¿Ya le has agradecido a Dios por este gran don que nos hizo?… Si aún no has agradecido, hazlo ahora…

Nuestra gran Maestra de Vida, Santa María Eugenia, nos da varios consejos para que en nosotros las luces de la Navidad nunca se apaguen. Veamos algunos de ellos: “Es la fidelidad a las cosas pequeñas lo que constituye la santidad” (1853). “¿Creen que una buena palabra, un buen ejemplo, una oración serían sin efecto?” (1835). “Busquemos aprovechar este tiempo en que tenemos menos preocupaciones (….) El tiempo de vacaciones nos es dado para renovarnos en el espíritu sobrenatural” (1872). “Nuestro Señor es la luz de nuestras almas, como el sol, al nacer, es la luz que ilumina los ojos de nuestro cuerpo. Aquí abajo, es el alba en la fe; en el cielo, ella brillará en todo su esplendor” (1871).

Elige una de estas frases de Santa María Eugenia y busca vivirla a lo largo de este mes. Cada una de ellas podrá ser una ayuda en nuestro camino de fe, de crecimiento en nuestra vivencia cristiana. Nuestra vida está llena de cosas pequeñas, pero tal vez nunca nos hayamos detenido a darnos cuenta de que estas cosas pequeñas cuentan a los ojos de Dios: un agradecimiento, una palabra de ánimo o de consuelo para quien está abatido o triste, un gesto de cariño y de comprensión, un favor prestado sin que haya sido pedido, una ayuda ofrecida a quien la estuviera necesitando – todo esto son “pequeñas cosas” que tienen mucho valor… En este tiempo en que no estamos atormentados por el “horario de trabajo” es bueno estar atentos a estos pequeños gestos que dicen mucho… Cada uno, cada una de nosotros puede encontrar, en su contexto de vida, gestos, actitudes, decisiones, elecciones que concretizan en nuestra vida algunas palabras de Jesús. Cada una de ellas se convertirá en una pequeña luz encendida en nuestro corazón. Las luces de la Navidad se apagarán en su debido tiempo, pero las del corazón brillarán para siempre.

Irmã Regina Maria Cavalcanti

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