La noticia nos horrorizó a todos… Ante las fotos publicadas en los periódicos –incluso en la prensa internacional– o divulgadas en reportajes por los canales de televisión, no había cómo disimular: había sido un horror… Cuerpos, muchos, expuestos en una plaza de una favela de Río de Janeiro, hace pocos días… No hay quien pueda decir que no se enteró del hecho…

No estamos aquí para juzgar el acontecimiento, para decir quién tenía razón y quién estaba equivocado. Vamos a atenernos solo a la violencia del hecho. Vidas, más de cien, fueron cortadas de modo violento. Por cada cuerpo, tendido en ese suelo, había un padre, una madre, ciertamente hermanos y hermanas… Algunos habrían tenido hijos, quizás todavía pequeños, pues, en su mayoría eran aún jóvenes… Algunos tendrían esposas o novias… Todas estas vidas fueron tocadas por esta violencia extrema – no solamente la que fue vista a la luz del sol aquel día, sino la que estaba, solapadamente, arraigada en el día a día de todas estas personas…

Y tú, ¿cómo reaccionaste ante esta noticia?… ¿Qué comentarios hiciste?… ¿Qué pensamientos pasaron por tu cabeza?… Detente un poquito y reflexiona: ¿cuáles fueron tus reacciones?…

En este siglo XXI que es el nuestro, el mundo en que vivimos se está volviendo cada vez más violento. Guerras estallan en varios países… Crímenes de todo tipo son cometidos… Para ciertas personas, la vida humana parece no tener valor… Y, sin embargo, la vida es el mayor bien que cada uno de nosotros puede tener.

Cuando nacemos, comenzamos a descubrir el mundo… Durante nueve meses, fuimos preparados para vivir: nuestros órganos se formaron, nuestros miembros se formaron, nuestra mente, nuestros sentidos – todo en nosotros fue siendo formado para que naciéramos con capacidad de desarrollo de nuestro ser… Tú, que estás leyendo este texto y que eres madre, piensa en la maravilla que fue ese tiempo de espera, en que un pequeño ser fue siendo formado en ti. Ustedes, que son padres – padre y madre – recuerden la emoción de ver a su hijo, a su hija, por primera vez… Y recuerden también la pregunta que ciertamente atravesó su corazón al contemplar a aquel pequeñito, tan frágil, tan necesitado de cariño y de amor: “¿Qué va a ser de esta criatura? ¿Qué tipo de persona se convertirá este bebé?”…

Al nacer, todos nosotros somos “capacidad de”… Capacidad de pensar, pero aún no pensamos; capacidad de hablar, pero aún no hablamos; capacidad de relacionarnos, pero aún no creamos lazos; capacidad de crecer; capacidad de desarrollar nuestros dones; capacidad de aprender; capacidad de realizar algo en la vida; capacidad de…

La respuesta a aquella pregunta que pasa por el corazón de quien mira a un recién nacido depende de mil y una circunstancias. Nadie nace con un destino listo… Nadie nace para ser un benefactor de la humanidad… Igualmente, nadie nace para ser un criminal… Lo que aquella criatura que acaba de nacer se convertirá depende mucho de lo que reciba como incentivos, como orientación de vida, como posibilidades reales, como educación y también de su propia decisión – este es el desafío de la vida… Todos nosotros nacemos con posibilidades mil, pues somos “capacidad de”. Pero somos responsables por decisiones que definen el rumbo de nuestra vida.

Santa María Eugenia, nuestra Maestra de Vida, supo analizar el mundo en que vivía, su tiempo, y percibir lo que Dios pedía no solamente a ella, sino a la Congregación que había fundado. Este análisis la hizo descubrir los problemas de la sociedad de su tiempo. Valiente, porque la fe la hacía ver que Dios le confiaba una misión, ella colocó a la Congregación que había fundado ante un desafío: transformar la sociedad. Por eso ella vio la importancia del trabajo de la educación. Ella creía que educar no era solo “enseñar”, sino que era, sobre todo, “formar” a las personas, darles el sentido de la vida, darles las herramientas que posibilitaran opciones de vida, que las capacitaran para hacer las elecciones correctas.

Varias palabras de Santa María Eugenia van en este sentido. Su reflexión era hecha a la luz de la fe. Ella no dudaba en dar su testimonio, pues era en la fe donde encontraba la fuerza para actuar en lo que sabía ser su misión. Observando la sociedad de su tiempo, en la que había mucha injusticia social, ella decía: “Creo que la voluntad de Dios es un estado social en que nadie sufra la opresión de otro”.

Vivimos en un país que no es el de Santa María Eugenia, y en un tiempo que tampoco es el de ella. Sin embargo, ¿será que no existen algunos rasgos comunes entre nuestro país y el de ella, entre nuestro tiempo y el de ella? Piensa un poco…

La transformación de la sociedad, para que ella se convierta en una sociedad donde se viva la igualdad, donde se respete a cada persona, donde se tenga la libertad de “ser lo que se es, con el máximo de plenitud posible” (esta es aún otra frase, o mejor, otro pensamiento de Santa María Eugenia) – solo se hará posible si cada uno de nosotros se empeña en vivir estas actitudes y ayudar a otras personas a vivirlas también. Una sociedad solo se vuelve justa cuando las personas que la componen se ven como hermanos y hermanas, viven la igualdad y el respeto y donde cada uno pueda desarrollar sus características personales.

¿De qué modo puedes contribuir para que esto se viva en tu familia, en tu grupo de amigos, en tu barrio?… Piensa en esto…

Irmã Regina Maria Cavalcanti

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