EL PRECIOSO DON DE LA PAZ
Desde que la humanidad existe sobre la faz de la Tierra, existen luchas entre las personas, existen guerras, en mayor o menor escala. La violencia forma parte de la Historia de la Humanidad… ¿Ya abriste el periódico hoy? ¿Ya viste las noticias en la televisión? ¿Cuántas noticias viste de agresiones, de “ajustes de cuentas”, de ataques de unos contra otros, de discusiones que se transforman en peleas, de guerras propiamente dichas entre países, y de “pequeñas guerras” entre vecinos?… Y, ¿qué decir de las “guerras” que libramos contra nosotros mismos al irritarnos contra nuestras propias fallas?… La fuerza bruta, la violencia, parece ser el primer recurso que buscamos para resolver un problema. Pero, ¿será esto normal?…
Aprendimos en la escuela que la Historia de la Humanidad estuvo marcada por muchas y muchas guerras. Al entrar en el 3er milenio, soñábamos todos que nos traería un tiempo sin guerras, un tiempo en que las disputas serían resueltas alrededor de una mesa, y no solamente por medio de una victoria alcanzada al precio de miles de muertes… Sin embargo, podemos, hoy aún, ver que es en la destrucción del “otro”, visto como enemigo, que la victoria es alcanzada, cantada, celebrada…
Para poder dejar de lado “la ley del más fuerte” como modo de resolver todos los problemas y pendientes que tenga, el ser humano necesitará pasar por un cambio profundo, por una conversión. Fue a este cambio a lo que Jesús aludió cuando, en lo alto de un monte, él pronunció las palabras que conocemos como el “Sermón de la Montaña”. En este discurso, Jesús anuncia la verdadera felicidad de aquellos que aceptan vivir como Dios quiere que nosotros vivamos. Este pasaje del Evangelio según San Mateo enumera una serie de actitudes que son señales del Reino de Dios. Este pasaje del evangelio es también conocido como el Discurso de las Bienaventuranzas – siendo que esta palabra, que nos viene del Portugués antiguo, significa “felicidad”.
Entre las diversas actitudes que Jesús afirma ser “felices” está la siguiente: “Felices los que promueven la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5. 9). Felices, dice Jesús, son no solo los “pacíficos”, porque tal vez por temperamento no se meten en peleas, sino los “que promueven la paz”, o sea, los que trabajan, se esfuerzan para que haya paz, para construir la paz. Felices, dice Jesús, son aquellos que no ven al “otro” como un enemigo que es preciso destruir, como un competidor con el cual necesito luchar, sino como un igual, como una persona con quien necesito saber conversar y entender. Es solo a través del entendimiento, del esfuerzo de comprensión que se puede llegar a un acuerdo que aleje la violencia y que cree la paz. Vemos esto entre países. Esto debe suceder también entre personas. Como dice el dicho popular, “conversando es como la gente se entiende”.
La paz es un don. Don que nos viene de Dios. Don que nos hace ver en el “otro” un hermano. Y, porque veo en él un hermano, no me armo contra él, no lo ataco, no deseo lo peor para él, no me paralizo de miedo ante él. ¿Ya pensaste cómo serían las relaciones humanas si todos nos guiáramos por estas actitudes?…
El libro de los Hechos de los Apóstoles, trae varios relatos de las apariciones de Jesús Resucitado a los discípulos. Y estas son las palabras que él dice: “La paz esté con ustedes”. En la celebración de la Eucaristía somos invitados a recibir esta paz de Jesús y a transmitirla a nuestro alrededor. En otras palabras, somos invitados a promover la paz.
Pero hay una condición para que podamos responder a esta invitación: es que estemos en paz con nosotros mismos… Sí, porque es solamente si yo estoy internamente pacificado que puedo promover la paz. Y es a este nivel de vivencia que Santa María Eugenia nos va a invitar hoy. Oigamos lo que ella nos dice: “La paz que nuestro Señor nos trae no es sin combate, sino una paz que cuesta. No viene de la naturaleza, sino de la gracia. Resulta de la búsqueda de Dios ante todo y del deseo de sacrificar todo por su gloria” (Anotaciones personales, nº 154/02, año 1837).
Estas palabras de Santa María Eugenia no forman parte de los textos de instrucciones que ella daba a las Hermanas, sino que están en uno de sus cuadernos de “anotaciones personales”, es decir, de lo que ella misma anotaba como resultado de sus reflexiones y momentos de oración. Cuando ella nos dice que “la paz que nuestro Señor nos trae no es sin combate, sino una paz que cuesta”, ella está hablando de su propia experiencia personal. Ella vivió esto… Pero, prestemos atención a un detalle importante: ella califica esta paz cuando dice: “la paz que nuestro Señor nos trae”. Esta paz interior, esta paz del corazón, es un don. Ella no brota de nuestro propio temperamento: nosotros la recibimos, pues es un don que el Señor nos hace. Recordemos lo que decíamos hace poco sobre las apariciones de Jesús Resucitado a los suyos; él siempre decía: “La paz esté con ustedes”.
La paz es un don que se multiplica cuando es recibido. Cuando celebramos la Eucaristía, cuando recibimos el Pan Vivo, que es el propio Jesús, él nos da este don. Y, al mismo tiempo, somos enviados(as) a llevar este don a otros. Somos transformados en “mensajeros de la paz”, “constructores de la paz”, “pacificadores” en el ambiente en que vivimos. En la familia, en el trabajo, en el ambiente social que es el nuestro, llevemos paz, promovamos paz. Si hacemos esto, seremos reconocidos, como dijo Jesús, como siendo hijos e hijas de Dios.
Y recemos por la paz en el mundo, que tanto la necesita… Estaremos así contribuyendo a la venida del Reino de Dios. Pues la paz es una de sus señales: donde reina Dios, ahí también reina la paz…
Irmã Regina Maria Cavalcanti



