02 de Noviembre 2025

Memoria De Quien Ya Está En El Destino Final

Introducción general

Dom Luciano Mendes de Almeida, reflexionando sobre el día de los Difuntos, decía: “En verdad, no fueron ellos y ellas que ya partieron, somos nosotros que aún no llegamos.” Pensando de ese modo, se puede confirmar que nuestro destino es realmente una vida resucitada, una vida de esperanza, de pie, y encuentra sentido en las relaciones cotidianas que nunca se encierran en ellas mismas. La eternidad no es la vida después del paso de este mundo, es una experiencia de invertir en el amor y comunicar el amor, incluso frente a las contradicciones y sufrimientos que asolan la humanidad. El profeta Isaías propone la imagen del banquete como conmemoración de la salvación de Dios. Una figura del cielo que no deja de ser una imagen de nuestro cotidiano, de relaciones fraternas saludables, acogedoras y hospitalarias. Isaías habla de relaciones alegres, de comida y bebida. En la Biblia el banquete está ligado a la imagen del amor de Dios y a la vida eterna, al cielo, al paraíso.

La eternidad no puede ser vista solo después de la muerte. La construcción de lo que viene después, comienza a ser trabajada desde ahora y durará para siempre. El cardenal José Tolentino de Mendonça llama de “paradigma del banquete” el anuncio de los tiempos mesiánicos. San Pablo, hablando para las comunidades de Roma, recuerda la gracia de Dios: “El propio Espíritu se une a nuestro espíritu, para atestiguarnos que somos hijos e hijas de Dios”. La resurrección, como profunda relación de comunión con toda vida creada, pasa por los “dolores de parto”. Esa recreación mesiánica de la historia es frecuentemente representada como un banquete divino y universal. La imagen del banquete que tenemos en el profeta Isaías y la de la experiencia de la filiación en el Espíritu, de la carta de Pablo a los Romanos, componen un conjunto de mucha armonía con la invitación que Jesús hace en el Evangelio: “Todas las veces que hicisteis eso a uno de esos pequeños, ¡a mí me lo hicisteis!”

La aproximación con el Señor es el equilibrio entre el mirar hacia arriba y el mirar hacia abajo, entre mirar el cielo y mirar la realidad, el paraíso y la vida cotidiana. Con el Evangelista Mateo, aprendemos que la vida cumple su verdadero sentido cuando vivida y compartida en la dirección de quien es pequeño y sufrido: “A mí me lo hicisteis.” El relacionamiento entre Dios y la humanidad abraza toda la vida creada. Según el papa Francisco, nosotros no somos islas, sino siempre conexión. Si la naturaleza humana y la creación experimentan el sufrimiento, la fragmentación, los “gemidos” de una realidad de dolor, ellas, al mismo tiempo, dividen el mismo destino de redención y de resurrección. ¡La creación entera participa del cuerpo del Cristo, Hijo de Dios, resucitado de los muertos! La vida resucitada, por lo tanto, no es una conquista, fruto de un esfuerzo individual, sino la experiencia de la relación, de la amistad, que significa, también, cuidar de toda la vida creada y preservarla.

Pistas para la reflexión:

En la Primera Lectura (Job 19,1.23-27a) nos topamos con la historia de vida de un personaje bíblico que perdió todo: salud, familia, amigos, riquezas – o sea, todo aquello que una persona necesita para ser feliz y vivir bien, en un mundo donde la religión centrada en el Templo y en los sacrificios, en la doctrina de la retribución y en la moralidad, es incapaz de generar solidaridad.

En el salmo 23 el salmista invita a la comunidad para un tiempo de oración, como si estuviesen en Romería entrando en la Ciudad Santa. En la trayectoria de la vida, necesitamos buscar la presencia de Dios, en todo momento, creer que Dios es compañero en la salida, en el trayecto y en la llegada definitiva. ¡Somos hijas e hijos de Dios y nuestro destino es resucitar con Jesús! Creer que la eternidad tiene su comienzo en el aquí y ahora de la humanidad, compartiendo “la mesa de un banquete”, donde nadie quedará fuera: “Este es nuestro Dios, esperamos en él”. “¡Somos ciudadanos del infinito!”

En la primera Carta a los Corintios (15, 20-24a.25-28) el Apóstol Pablo, confirma que la Resurrección de Cristo marca el inicio de una nueva historia, el surgimiento de una nueva humanidad. La desobediencia acarreó la muerte. Cristo trajo la gracia y la vida (Rm 5,17-21). La victoria final y definitiva de Dios ya está firmada. Tres grandes actos: la Resurrección de Cristo; la resurrección de los creyentes; la presencia de Jesús que, conforme a la visión cristiana (Fil. 3,21), coincide con el fin glorioso de la historia. Somos hijas e hijos, amadas y amados por Dios. En relación al proyecto que nos fue confiado, ¿cuál es nuestra misión en este mundo lleno de contradicciones?

En el Evangelio de Lucas (12,35-40) tenemos la síntesis de la propuesta de vida para quien cree en la relación de Dios para con toda la creación. Tener la lámpara encendida es un modo de relacionarse con Dios y el universo, allí donde la vida germina en plenitud, camino de la “Santidad”. (Sta María Eugenia de Jesús). Dios prepara una fiesta de matrimonio, un banquete, el vino que alegra el corazón y la mente de las invitadas y de los invitados. Delicadeza del amor de Dios para con nosotros. El texto bíblico indica una relación de comprensión fraterna entre las personas. El “querer el bien”, en vista de la reconstrucción de una nueva sociedad: la eternidad.

¿Cuál ha sido mi disposición, al aguardar la llegada de mi Señor? Hay gente – como el Papa Francisco o Santa María Eugenia de Jesús – que preparó la llegada del Señor, asumiendo el profetismo, con la mirada vuelta para la defensa de los migrantes y pobres. Francisco denunció, con audacia evangélica, la violencia contra niños, negros, jóvenes, pueblos originarios, mujeres y excluidos de la sociedad. Ver a los pobres, convivir con ellos para aprender a tener la mirada de Dios, que asume la óptica de los pequeños. Ser puente entre culturas, pueblos y lenguas, en la siembra de otro mundo posible, sin exclusiones.

Propuesta de un texto: El teólogo belga Adolphe Gesché (1928-2003) propone un nuevo modo de pensar. Él coloca a Dios en el comienzo del pensamiento, de la acción práctica y del rigor intelectual. Dios no permanece pasivo, al final del camino, sino que se hace peregrino en nuestra calzada y en nuestros percances. Esa comprensión parte de profunda experiencia de Dios en la vida de los que creen en él. Asume el cosmos, la humanidad, la Iglesia y el mundo de los pobres como eminentes lugares de la manifestación de Dios. Ve el mundo con la mirada de Dios. Hace con que cambiemos de gafas y de perspectiva. La teología y la pastoral se sumergen en el interior del mundo de los pobres, en el interior de la humanidad, donde Dios mora, se revela y manifiesta su amor primordial. Ya no se concibe lo sagrado y lo profano distintos y sin conexión: es el Eterno enmarañado en lo provisorio.

Irmã Maria Teixeira Filho

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