“Dame de beber” (Jn 4,7)


En este 3° Domingo de Cuaresma, las lecturas nos envuelven en una realidad humana a partir de la “sed”. En algunos momentos percibimos la sed física en el desierto, posteriormente la sed espiritual y, por fin, la Sed de Dios y de su amor.
En la primera lectura del Libro del Éxodo (Ex 17,3-7), el pueblo liberado por Moisés de Egipto llega al desierto y comienza las penurias; la libertad se transforma en promesa y el camino ya no es tan “fluido”. La ausencia de agua despierta el cuestionamiento: “¿Está el Señor en medio de nosotros, o no?” (Ex 17,7). En diversos momentos de nuestra vida, dejamos que los obstáculos y dificultades nos hagan cuestionar la presencia de Dios con nosotros.
Percibimos entonces que el “agua”, en este caso, es la confianza de este pueblo que se desvanece. ¿Cuántas veces también nosotros, después de experimentar la gracia de Dios, murmuramos en las dificultades? ¿Cuántas veces la prueba nos hace dudar de la presencia divina? El desierto revela lo que está escondido en el corazón.
En el Salmo responsorial 94(95), contemplamos la petición del Señor: “Ojalá no endurezcáis hoy vuestro corazón”, yendo al encuentro de la pérdida de confianza en el desierto. No fue solo la sed, sino el cierre interior; cuando el corazón se endurece, la presencia o las señales del Señor no serán percibidas.
En la segunda lectura, Carta de San Pablo a los Romanos (Rm 5,1-2.5-8), el Apóstol Pablo nos dice que fuimos justificados por la fe y estamos en paz con Dios por medio de Cristo, y afirma algo extraordinario: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5).
Si en el desierto el agua brotó de la roca, ahora el amor brota del propio corazón de Dios. Cristo muere por nosotros cuando aún éramos pecadores; no cuando estábamos fuertes, sino cuando éramos débiles. No cuando éramos santos, sino cuando todavía estábamos distantes.
En el Evangelio de San Juan (Jn 4,5-42), Jesús está cansado, sentado junto al pozo de Jacob, al mediodía, hora de calor y hora de la “vergüenza”; una mujer va a buscar agua probablemente en ese horario para evitar miradas y juicios.
Jesús toma la iniciativa al pedir agua. Aquel que dio agua en el desierto ahora pide agua a una mujer marginada y excluida de la sociedad, rompiendo barreras culturales, religiosas y morales. Judío hablando con samaritana, hombre hablando con mujer en público, maestro hablando con alguien de vida desordenada.
Jesús habla del agua que se convierte en fuente interior. Él no ofrece solo alivio momentáneo, sino una transformación profunda. Tenemos sed de reconocimiento, de afecto, de éxito, de seguridad. Bebemos del agua del consumo, del placer inmediato, de la aprobación de los demás. Cristo, sin embargo, ofrece un agua que sacia de modo diferente: la comunión con Dios, la gracia que habita dentro de nosotros, el Espíritu Santo que hace del corazón una fuente.
Pero antes de dar plenamente esa agua, reconoce la herida de la mujer, sin condenar o apedrear; al contrario, la libera. La verdad ilumina para que la gracia pueda curar; comienza cuando “no cerramos nuestros corazones”.
La liturgia de este domingo nos conduce a un movimiento interior: del desierto al pozo, de la murmuración a la confianza, de la sed a la misión, pero de cura a partir del amor y de la gracia.

Ana Beatriz Menezes, OP.
08/03/2026

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